domingo, 15 de diciembre de 2013

Imaginación

           

 Se dice muchas veces que una fotografía es, o debe ser, un retrato perfecto de la realidad. Su característica icónica, donde las imágenes preservan alguna relación con alguna propiedad del objeto real, hace que la fotografía se pose a la vanguardia de aquellas formas artísticas que dicen pretender contar explícitamente lo que sucede en la realidad.  Pero ¿Qué genio o Dios artístico es aquel capaz de representar exactamente cada detalle de ese hecho real que pretende mostrar? ¿Existe en el corto mapa de las capacidades humanas semejante don?
           
            Se dice también, y prefiero situarme aquí, que un hecho en sí mismo no existiría de no ser por el relato que lo describe. El ojo humano continuamente capta situaciones, en la calle, en su casa, en el teatro, en donde sea, y las filtra en su mente, en sus valores morales, en su ideología, para poder relatar estas situaciones. Este relato, entonces, estará siempre empapado de todo esto. Los relatos son siempre subjetivos. Ahora, si agregamos a este filtro mental los dotes técnicos propios del artista, lo que saldrá será un relato artístico subjetivo en su más amplia gama de formas: desde la música, hasta la literatura, pasando por la fotografía o la danza. Situado en su lugar de filtro de la realidad y asumiendo con todo honor este lugar, el artista construirá el relato con un determinado objetivo y, así, decidirá que mostrar y que ocultar para intentar dar luz, a su manera, a aquella situación a relatar.
           
            Pero este no es, ni intenta ser, un reglamento a seguir por aquellos artistas que pretendan ser artistas subjetivos. Sentar mi posición acerca de la eterna discusión entre objetivismo y subjetivismo, encontrar mi lugar en donde situarme para filtrar la discusión, me llevó a pensar en lo rico que resulta para el receptor contemplar, leer o escuchar, alguna obra de dicho arte subjetivo y en lo aburrido que resulta para este, hacerlo con una obra que supuestamente muestra la realidad absoluta. Entender que una obra es siempre un relato subjetivo de una realidad, es hacerse parte de esa obra, es apropiarse del mensaje que ha intentado mandar el artista para decodificarlo en nuestra mente, a nuestro modo. Entender que la obra no muestra fidedignamente los hechos, si no que es un relato de ellos, es entender que allí, en esa obra, hay siempre algo oculto, algo que pasó y que no se reflejó en la obra, por elección del artista o por mera casualidad. Entender este aspecto ocultador de la obra de arte abre paso a una de las cualidades más bellas de la mente humana: la imaginación. Es aquí donde la cadena comunicativa comenzada por el artista se completa y el espectador forma parte realmente de ella, reproduciendo en su mente o, a su vez, relatando a otras personas aquel relato, que ha sido producido por el artista, a su manera. ¿Qué sería de una letra supuestamente inentendible del Indio Solari o una de las más lisérgicas de Lennon, si los artistas nos contaran exactamente lo que quisieron decir, por qué y para qué? Se perdería la magia de esas poesías, se acabaría la interpretación, se dejarían de escuchar, serían aburridas. ¿Qué sería de “A Sangre Fría” si Capote se hubiera arrogado la capacidad de estar mostrando exactamente lo que ha pasado en ese asesinato? ¿Cómo podría un receptor imaginar la vida que atravesó Perry Smith para terminar cometiendo el crimen si Capote no hubiera sabido elegir que mostrar y que ocultar de la vida del mismo? ¿O acaso los zapatos de campesino pintados por Van Gogh son simplemente zapatos de campesino y no llevan consigo todo lo que el receptor puede imaginar de la vida que han tenido esos zapatos y su portador? Lo bello y mágico del arte reside aquí, en la manera en que cada artista debe elegir que ocultar en su obra para intentar guiar al espectador en un determinado camino. Más bello y mágico aún, es entender que el espectador puede terminar completando el relato, mediante su imaginación, de manera completamente distinta a las intenciones del autor
           
            Sin embargo, y como dije al principio, la fotografía parece haberse parado en ese espacio vacío que habían dejado las formas artísticas hasta su llegada: el espacio de la objetividad. Sus imágenes, en relación con propiedades de la realidad, parecen mostrar exactamente lo que pasa en ella. Luego de todo lo dicho, esta de más plantear mi postura respecto a esto.
           
            Hurgando en cajones viejos, encontré una fotografía de hace unos ochenta años: en ella están mi abuelo a sus cinco años, su padre y otro hombre. Lógico es que yo si se algunas de las cosas que sucedían allí. Pero decir que se exactamente todo sería una mentira inmensa. Todo lo que yo se de esa imagen y de la infancia de mi abuelo lo se gracias a relatos de mi madre, de mi abuela o de mi propio abuelo. Todos son relatos, relatos subjetivos. Y yo tengo mi propio relato. Yo imagino, al ver la fotografía, lo que puede haber sucedido allí, lo que quiso mostrar el fotógrafo. No lo se, lo supongo, conjeturo. Y allí está lo bello del arte, impregnado en la expresión fotográfica, permitiendo al receptor despertar su poder imaginativo.
           
            Para hacer mas clara mi postura, propongo pensar a esta fotografía en manos de alguien ajeno a mi familia y a los conocimientos del contexto de la infancia de mi abuelo. Allí, esta persona, puede ver (imaginar) a un ciudadano de Buenos Aires con su único hijo pequeño, quién vive una feliz infancia y libre, junto a otro familiar, parados frente al negocio próspero que da grandes frutos y rienda suelta a la alegría y tranquilidad por la que transita esta familia de la clase media argentina. Esta feliz descripción puede verse contrapuesta por una más triste, donde el receptor podría ver (imaginar) un inmigrante europeo llegado hace algunos años a un pueblito del interior, junto a uno de sus tantos hijos, quién no come hace tres días y se ha metido en la foto por mera travesura, y su socio del negocio que da pocos frutos y que, los que da, son apostados en una mesa de apuestas alcoholizadas que desvirtúa la alegría y tranquilidad de la familia.
           
            Un receptor puede relatar lo que oculta esta fotografía acercándose mucho a lo que realmente ha sucedido, pero jamás contará todo lo que allí pasó. Es que ni el mismo fotógrafo supo que era lo que allí pasaba en serio, porque ni el niño ni su padre ni la otra persona relatarían los hechos de la misma manera. En este sentido, la fotografía también es un relato subjetivo de los hechos.
           
            El arte lleva consigo la poderosa fuerza de transmitir imaginación. Es potestad del artista elegir que función cumplirá esa fuerza. Una vez recibida esa imaginación puede tomar diferentes formas de las que tomó en su origen en el artista: puede formar otro relato, otro pensamiento y hasta otra obra.
           
            Tratar de esclarecer completamente lo que una obra lleva consigo u oculta, tratar de encontrar el reflejo perfecto de la realidad en una obra artística es como tratar de ver los dos lados de la luna al mismo tiempo. Tratar de desentrañar las intenciones de producción propias del artista que se ocultan detrás de su obra, es tan imposible como tratar de darle una conclusión a este ensayo que trata, justamente, de dejar libre al artista para producir desde su lugar con sus propias intenciones. Dejar de querer saber y entender  todas las intenciones del artista, dejar de querer encontrar un reflejo exacto en la realidad, es darle lugar al mejor y más bello efecto producido por el arte. Lo mejor será simplemente dar rienda suelta a nuestra imaginación.

Un mar de incertidumbres


NECESITO del mar porque me enseña:
No sé si aprendo música o conciencia:
No sé si es ola sola o ser profundo
O sólo ronca voz o deslumbrante
Suposición de peces y navíos[1].

            Con esta imagen en mis manos, las palabras de Neruda arriban a mi mente. La inmensidad del mar que la mujer de la foto está observando hace florecer en mí inexplicables preguntas. ¿Qué ve mientras el sol se esconde debajo del mar? ¿Estaría imaginando su futuro con aquella persona que captó ese instante tan preciado e íntimo?
            Imaginamos todo el tiempo. Creamos en nuestra mente imágenes o representaciones de cosas o personas. A veces reales o irreales.  Sucesos no tan lejanos que nos permiten viajar en el tiempo. Viajar y posicionarnos más allá de nuestro horizonte. Constantemente soñamos despiertos, proyectamos nuestro futuro, ansiamos estar un paso más adelante para poder saber cómo será el mañana.
Así como Neruda necesita del mar porque le enseña, es como un  hijo necesita de su madre para crecer. Aprende como surfear las olas más altas, cómo nadar a contra corriente en medio de un canal, cómo reaccionar cuando una ola lo revuelca sin parar. Aprende a no tenerle miedo. Pero sobre todo, el mar como una madre, le enseña a respetar su grandeza. ¿Qué cosas le estaría ilustrado ese infinito mar a la silueta de la foto? ¿Serían estas enseñanzas las que luego ella les transmitiría a sus hijos? ¿Estaría deseando tener hijos?
Imagino a la mujer de la foto como una reciente enamorada a punto de casarse. A punto de dar su sí definitivo. Una mochila casi vacía, llena de sueños. Esperanzas y deseos. Miles de páginas en blanco por escribir. Cientos de kilómetros por naufragar. ¿Estaría preparada para zambullirse en las agitadas aguas del mar?
Por la forma en que está tomada la foto no dudo de que su fotógrafo fuera alguien que manejaba su cámara a la perfección. Alerta como un cazador paciente. Dispuesto en su búsqueda por captar “ese” momento. Cautivado por la belleza de aquella figura. Sombras negras y grises.
Me pregunto si la delicada figura de la foto sería sincera al responder si estaba lista para subir a esta montaña rusa, a dar mil vueltas, a construir su camino, a andar la vida. Si estaba lista para dar el salto al mundo adulto. Si aguardaría ese momento con ansias.
Todas las decisiones conllevan elecciones, y éstas traen consigo resignación.  ¿Cuántas cosas tiene que renunciar una madre al dar a luz a un hijo? Muchas alejan sueños, anhelos, postergan deseos, metas. Su vida pasa a tener otra responsabilidad. Otra vida. Otra vida que camina a la par y, por largos años, juntas de la mano. De la mano para cruzar la calle, para saltar un charco, para escribir una tarea del colegio. ¿Sería éste el gran deseo de la joven de la foto mirando los niños metiéndose al gigantesco mar? ¿Cuál sería su gran miedo?
A veces los hijos suponemos que una madre no teme. Es nuestra figura heroica, nuestro puerto seguro. ¿Pero es así esto? Tendemos a creer también que es ella la que tiene que acurrucarnos y consolarnos en nuestros fracasos y frustraciones. Que ella es la que tiene que reanimarnos cuando algo salió pésimo, cuando la vida nos dio una cachetada. Es a ella a la que recurrimos para resolver un problema, descifrar un enigma, la que nos resguarda en nuestras equivocaciones. Y sin embargo, ¿alguna vez indagamos cuál será su mayor perturbación?
Dejar volar a los hijos, cuando la vida se los extirpa de las manos ¿significa perderlos? Para un hijo perder a una madre es como arrancarle las alas a un ángel, desplumarlo, quitarle su abrigo, su escudo protector. Pero, ¿qué siente una madre al desprenderse de un hijo?
Cuando los hijos crecen se los entrega al destino, al azar, se les quita los flotadores para que aprendan a nadar, a bucear solos. A patalear con fuerza para no hundirse. A desprenderse de aquella mano con la que caminaron juntos. ¿Pero eso implica descuidarlos, desatenderlos? Ese temor a quitarles el paracaídas, verlos saltar, a que un viento los arrastre muy lejos.
¿Habrá sentido la mujer de la foto estas emociones con sus hijos? Mirando el mar quizás comprenda. Aprenda música o conciencia. Tal vez descubra aquél mensaje entre las olas, mientras navegue en ese mar infinito que es la vida. Y la vida que es tiempo. Y ese tiempo que es mar.




[1] Neruda, Pablo. El mar en: Memoria de Isla Negra.  Buenos Aires: 1992, Editorial Planeta, p. 155-156.

martes, 10 de diciembre de 2013

30 años


“… con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino…”


Unos cuantos giros en los pasillos del cementerio de Recoleta bastan para encontrarlo. Aún así, uno se pierde buscando. No hay indicaciones de cómo llegar, salvo para unos cuantos turistas, que llegan con más información que los locales, que simulan entender mejor desde su perspectiva. La historia se apresura a aclarar: uno no es el primero que se pierde buscando.
Él, un viejo conocido. Con sus virtudes y sus fallas, con su biografía todavía fresca, con sus acciones todavía vivas en el día a día. Él, majestuoso. Finalmente lavado de todas las culpas, exonerado de cualquier error. Enaltecido como los niños enaltecen a sus padres: glorificado como superhéroe. Él, ya fallecido. Lo enmarca una blancura inmaculada que no puede ocultar lo relativamente reciente de los hechos. Desentona, desentona en extremo, ya que no se asemeja en absoluto a sus vecinos de al lado. Aunque muchos retomen sus palabras a penas unas flores, rojas y diminutas, lo acompañan ahora.
Te enmudece. Repentinamente uno se siente trasladado, casi levantado por la fuerza del suelo. Y así, suspendido en el aire, es consciente, finalmente consciente, de la dimensión de su lugar. De todo lo que tomó llegar acá. De todos los que tomó llegar acá.
Frente a él, la foto. Los colores llenos de vida. Una fiesta de optimistas en el medio de la noche. Luces que bailan, que brillan, que existen donde nadie supone que lo hagan. Son reflejo y son metáfora. Son treinta años comprimidos en una escena, en una pared descuidada de una tumba sin identificar. Son las voces silenciadas, las voces que ahora gritan. Son los derechos perdidos y las libertades recuperadas. Son todos lo que aprendimos y lo que queda por aprender. Un largo camino que se resume a cuando cae el sol en el cementerio de Recoleta y él no se olvida de deslumbrar.
Resulta raro que la foto sea el reflejo y no él mismo. ¿Por qué no una imagen más clásica, más acorde a la investidura presidencial? Es absolutamente voluntario: ésta es la diferencia que introduce nuestra generación. La imagen, tan moderna como resulte, no es más que una pequeña representación de a donde nos toca mirar ahora. Una generación a la que le toca deleitarse con los colores de una democracia por las que otros debieron luchar. Una generación que puede mantener viva la memoria sin tener que dejar de mirar para adelante. Y que quede claro: la solemnidad habrá quedado atrás, pero no así el respeto.
Mi generación tiene memoria. Se acuerda de lo que no vivió. Conoce a un hombre que no conoció. Y acá estamos, mis amigos y yo, parados frente al famoso padre de la democracia, explicándole nuestra historia a un amigo turista. Y esa idea, la del “padre de la democracia” resulta tan nuestra... No parece que nadie nos lo hubiera enseñado. Lo contamos como si fuéramos nosotros mismos los que lo apodamos.
La memoria insiste en brillar. Las marcas de la historia son parte de nuestro presente y nuestro futuro. Y aunque nosotros no la hayamos vivido, esta historia vive en nosotros.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Hammerstein o el tesón

Reseña del libro de Hans Magnus Enzensberger.


Me es imposible no recordar el debate: Christopher R. Browning vs. Daniel Jonás Goldhagen; intencionalista y funcionalista del accionar militar y civil en el periodo del nazismo. Básicamente, los intencionalistas creen que la decisión del régimen nazi para exterminar a los judíos europeos fue metódicamente planificada y fue el proceso derivado de la iniciativa de lucha contra el antisemitismo desenfrenado de Hitler. Los funcionalistas, contrariamente, creen que el exterminio se manifiesta con los métodos y las inclinaciones de los asesinos genocidas.

            Mediante documentación y testimonios tomados en la época de la posguerra respecto del accionar del Batallón 101 de la Policía de Orden, Browning descubrió una grieta en la idea equívoca de que los asesinos de los judíos eran nazis fanáticos y fue capaz de dar nombre a los autores del Holocausto. Los documentos utilizados por Browning mostraron que los miembros del Batallón de la Policía de Orden 101, responsables de la muerte de 83.000 judíos, fueron hombres de todas las edades, de todos los estratos y de todos los ámbitos de la vida alemana, no representativos del modelo tradicional de nazi-genocida. Browning saca en limpio, concluye que la demografía del batallón en cuanto espejo social era muy representativa del estado alemán en su conjunto.
            Goldhagen, sin embargo, no está de acuerdo en la totalidad de la afirmación de Browing, este posee un enfoque mucho más amplio que presenta un análisis histórico y cultural, tanto en el pasado como en el período del nazismo. Goldhagen afirma que la historia cultural de Alemania, no sólo del antisemitismo, sino también del  eliminacionismo en general, es el motor primario que motivó el Holocausto. Este autor desafía directamente la evaluación de Browning mientras que acusa al mismo tiempo a todos los alemanes. Afirma que el odio alemán a la alteridad es algo estructural y crónico en la historia de Alemania, que solo necesitaban el permiso de una autoridad superior para dar el paso genocida.
            Existen casos, excepciones en la sociedad alemana, por ejemplo, el general Kurt von Hammerstein-Equord, él, su familia y otras personas cercanas, nunca aceptaron el totalitarismo. Hammerstein, no militó activamente en la resistencia de la minoría alemana frente al nazismo, pero su evidente oposición al régimen le costó su carrera militar. La vida del general, su esposa y sus siete hijos, opuestos a la tiranía como su padre, sirve como ejemplo para demostrar que en realidad la historia pudo ser una síntesis, un cruce de las dos teorías: que no todos los militares estaban a favor del nazismo y que no toda la sociedad alemana mató.
            El curso de la narración en Hammerstein o el tesón de H. M. Enzensberger no es, en modo alguno, lineal, sino que referencia a hechos históricos, anécdotas, citas de documentos escritos y testimonios constantemente, detalles sobre las intrigas de los espías y contraespías alemanes y rusos y conversaciones póstumas. El libro está escrito con gran libertad de estilo, que se parece más a un ensayo con fotografías que a una novela, el mismo Enzensberger finaliza el libro con un posfacio donde explica por qué no ha escrito una novela (…) no se trata de mi historia, sino de la historia de personas totalmente ajenas a mí, y que, en mi opinión, merecen ser recordadas.
            Se puede apreciar cierta similitud entre lo holgazán de Hitler y el desinterés por el trabajo burocrático del general Hammerstein, pero en un caso se trata de una pereza que surge de la inconstancia, la inmadurez y en el otro hay que hablar del cansancio aristocrático de un militar que se tomaba la vida con humor, calma, pero siempre de una manera crítica.
            Enzensberger advierte que su libro no puede interpretarse como un documento, considera que está más cerca de la fotografía que de la pintura, de ahí el recurso de alumbrar encuentros imaginarios. Hammerstein no hizo nada notable, salvo enfrentarse a una perversa dictadura, consideraba que El miedo no es una visión del mundo.


En tensión

Reseña sobre Hammerstein o el tesón De Hans Magnus Enzensberger.

¿Por qué este libro no es una novela?. No todos los autores necesitan aclararlo. Esta manera de terminar el relato me parece que nos abre caminos para analizar. Por un lado, si es necesario sacar a relucir este aspecto del texto es porque se encuentra en un límite entre dos cosas: la novela y la no-novela. Por otro, hay una política tomada por quien escribe que pretende explicitar un arduo trabajo de investigación. En este terreno, entramos justamente en la no-ficción,  un género que  tensa el hecho real con la literatura, la investigación periodística con las formas de contar que elige un determinado escritor.  Al explicar de dónde surgen las fuentes, a partir de quienes conoció la historia de esta familia, se aclara que no hay una invención de los hechos sino más bien una fundamentación. Eso no significa que su pretensión haya sido lograr un relato “objetivo”, ya que menciona en donde puso su subjetividad; sino al contarlo, pretende transparentar  de dónde surgen los datos que estamos leyendo.
Enzensberger nos comparte su camino y dificultades a la hora de trabajar con los archivos y las entrevistas, nos muestra que existieron diferentes versiones de lo sucedido y nos alerta sobre muchos más hechos que pueden haberse quedado en el silencio de la familia. A la vez, hace visible que puso su máximo aspecto ficcional en las conversaciones póstuma. Dice al respecto: “permiten que los vivos dialoguen con aquellos que les precedieron…(…) pues los que se salvaron suelen creer que saben más que aquellos que vivieron en estado de excepción permanente y arriesgaron el pellejo”.  Por lo tanto, también aclara: “que haya renunciado a la novela no significa que esta obra tenga pretensiones científicas”.  Hans nos ha hecho con este libro una invitación a seguir la historia, a profundizarla, a investigar por nuestra cuenta, pero nos ha presentado una base de la misma con un estilo literario propio. En cierta manera el autor nos dice: estos son los hechos, lo que yo pude encontrar y constatar, he aquí mi versión de la historia, una vez leída si les interesa hay mucho más por buscar.


Doble Vida

Reseña sobre Hammerstein o el tesón De Hans Magnus Enzensberger.      

                El trabajo de Ensenzberger me parece excelente, la recopilación de información que aporta el autor en este libro  y el trabajo de investigación  que realiza son realmente de muchos años  de trabajo minucioso y profundo. Es una persona que ha estado cerca de gente que estuvo presente en la Alemania Nazi  y fue víctima de ella, esa misma gente lo introduce en lecturas comunistas, Ernest Jung , por ejemplo, y otros que ya habían escrito algunas obras sobre los Hammerstein, con puntos de vista diferentes al de él, pero que contribuirían a la realización de esta magnífica no ficción . 
                  Podría ser una gran novela, pero no lo es. Tal vez sea más un documental porque aquí hay un  gran trabajo de investigación a fondo sumado  a los distintos recursos que utiliza: las glosas, que ofrecen un contexto general de la Alemania de esa época y dejan ver la subjetividad del autor. Las conversaciones póstumas, pequeñas entrevistas ficticias con los personajes los cuales parecen recobrar vida y a la vez funcionan como complemento de la información recopilada por Ensenzberger.  Además  el diálogo parece darle ese toque de novela que posee la obra. Las anécdotas o anales, que nos permiten conocer aún más a la familia, la narración en prosa y los relatos biográficos. Las fotos y hasta las copias de las distintas documentaciones extraídas del régimen de Hitler  por comunistas. 
                 Una variedad de recursos que parecen inagotables, que me sumergieron en la historia más profunda de aquellos años, uno llega a sentirse presente, el autor hacia allí te lleva. Eso puede ser porque se abre del personaje de  Kurt von Hammerstein  hacia relatos biográficos de su amiga Ruth von Mayenburg y de Leo Roth, compañero de Helga, la mayor de las hijas de Hammerstein, como  así también de otros personajes, por supuesto. La tensión que maneja es muy buena, en mi caso deseaba avanzar en la lectura compulsivamente para conocer el desenlace.  Uno no puede detenerse sin querer  saber cómo continúa la historia, además de hacerse una lectura llevadera por la cantidad de subtítulos que posee la obra.
                             En el cierre el autor expone algunos testimonios de Hildur Zorn, la hija menor del general, y en dichas declaraciones ella toma una  posición de guardar silencio sobre la historia de su familia. A muchos integrantes de la misma  no le gusta que se hable del tema, debido a esto Ensenzberger aclara que quedan cosas sin decir sobre Hammerstein y por consiguiente de su familia que  ninguna biografía ha podido mostrar. Por eso creo que también el autor deja a la interpretación de cada uno a dónde se lo coloca al general: como un valiente que supo mantenerse a salvo del régimen con el que no estaba de acuerdo,  o  tal vez como un falso,  un débil, y un vago  que solo intenta salvar su pellejo? 

Un camino hecho con las propias manos

El arte popular a través del tiempo
  Los vendedores ambulantes son parte de la sociedad. Se los puede encontrar en cualquier punto estratégico, entre calles, plazas, cines, shoppings, paradas de colectivos, estaciones de tren y subte. Un sin fin de lugares en donde la gente va y viene. El origen del interés por lo que  hoy denominamos  “artesanía” puede ubicarse en el contexto europeo en  las primeras décadas del Siglo XX,  cuando en las ciudades surgen museos destinados a mostrar características regionales, locales, nacionales a través de estas producciones. Pero, al principio no se las denominaba “artesanías” sino que se las reconocía en el  ámbito de las “artes populares”. Aunque no haya una definición concreta, se desprende que se hace referencia con esta expresión a un trabajo tradicional, que agrega a un objeto de uso corriente, un elemento de belleza o  de expresión artística.
  Argentina posee una sólida tradición en lo que se refiere a las artesanías. En el pasado sus primitivos habitantes, supieron desarrollar una gran habilidad para confeccionar utensilios cotidianos, herramientas, textiles y adornos personales, con gran criterio estético. De esta forma,  los antiguos artesanos realizaban productos para su uso o consumo personal y a veces el de su comunidad, pero no estaban interesados en el mercadeo, aunque sí era habitual que los intercambiaran por materias primas o por artículos de primera necesidad. Hoy en día con las políticas de expansión turística, los artesanos producen en mayor escala y distribuyen sus productos en ferias y exposiciones. Ellos se sustentan de esta manera y logran mantener una continuidad en este oficio, el cual sigue siendo en nuestra época una forma de ganarse la vida.
Máscaras artesanales en la feria de San Telmo.

Sin prejuicios ni ataduras
 Cuando nos acercamos a este mundo de artesanos, tan abierto y cerrado al mismo tiempo, un abanico de interrogantes se expande ante nuestra investigación: ¿Será un trabajo fácil, en el cual se venden los productos y nada más? ¿O es un trabajo más rutinario, con una tarea y horario que cumplir aunque sea el artesano su propio jefe? ¿La mercancía que venden, es elaborada por ellos mismos? ¿Cuáles son los pro y los contra de este oficio? ¿Se puede subsistir con esta forma de vida? ¿Qué peligros se pueden correr al trabajar en la calle? ¿Existe la amistad en este comercio competitivo? En el presente trabajo una joven Argentina llamada Laura Lamanuzzi, será el canal de respuesta a las variadas preguntas que nos invaden y nos dará a conocer su trabajo, su realidad y su visión ante la vida. Observar, mirar y preguntar, convivir un día con ella, con una artesana de San Telmo, de Plaza Italia, de Microcentro y por qué no, del mundo.

Laura, es una joven treintañera, trabajadora independiente y artesana. Ella logra transmitir con su mirada, la libertad que le brinda tener un oficio propio y disfruta de crear con sus manos los productos que vende ella misma.
Macramé es su especialidad, el arte de hacer tejidos con nudos decorativos. En el macramé actual, se pueden encontrar más de cincuenta nudos diferentes. Es una actividad muy antigua, ya que sólo se utilizan las manos para ejecutarlo. Pueblos como los persas y los asirios utilizaron esta forma de creación con gran maestría. Más tarde, los árabes lo llevaron a Europa y los europeos a América. Los materiales necesarios para hacer una obra de macramé son el hilo a tejer (ya sea algodón, yute, lino, seda u otras fibras naturales) y una superficie en la que sujetar la labor que se realiza (normalmente, un palo de madera). Laura lo aprendió de otros artesanos, quienes le permitieron hacerse un lugar entre los manteros. Su forma de hablar es rápida y un poco atolondrada pero esto no le impide comunicarse, ya que es muy directa, frontal y sincera. Acompaña su charla con un cigarrillo, fuma, cuenta alguna anécdota y vuelve a fumar. En sus ojos saltones y algo verdosos, se reflejan los vestigios de una vida diferente, en la cual no hay tiempos ni horarios y el viajar es el mejor condimento de este estilo de trabajo. Lo que más disfruta es justamente no tener un lugar estable en donde exponer sus artesanías e ir para donde le lleven las ganas, las motivaciones, la curiosidad y las compañías que elige según el momento. En cada país adonde arriba, se rodea de sus colegas artesanos y forma amistades que parecen durar para siempre. Es como una especie de golondrina, que va de un sitio a otro y que pasa los inviernos en Buenos Aires para luego fugarse a otra ciudad en el verano, como Ibiza o Barcelona.
  Las artesanías la fueron atrapando de a poco, quizás algunos miedos la acobardaron al principio. Sin embargo, no demoró mucho tiempo en perderlos y en encontrar una salida laboral, la cual la salvó en aquellos momentos de crisis en el 2001 en nuestro país. Nada es casual y fueron sus abuelas, familiares con experiencia, quienes le dieron el impulso para lanzarse al arte manual. Ella se siente afortunada y agradecida por esto, ya que este fue el oficio que la llevó a conocer lugares que jamás hubiese pensado recorrer. El mismo que lleva en sus manos, las cuales mueve de un lado al otro con entusiasmo, al contarnos su historia. ¿El dinero? No es tan importante, para ella la libertad no tiene precio. Laura se ríe, enciende un cigarrillo y dice: “Yo le agradezco a todos, a cada uno que me ha enseñado este trabajo”. Con su cabello alborotado y un tono simpático al expresarse, cuenta sus comienzos en este mundo autónomo y artístico a la vez.

Los comienzos de una vida de artesana
“Es una esquina muy tradicional y nunca cambió”, dice Laura. Chile y Defensa en pleno barrio de San Telmo, aquí empezó su historia entre calles angostas repleta de turistas extranjeros y del interior del país. Es domingo, un día gris y frío, pero ahí ella espera con una linda sonrisa, dispuesta a compartir su historia.A los veintiún años recién recibida de la carrera de Comercio Exterior cuenta no haber podido encontrar trabajo, por falta de experiencia, dejó uno y otro Curriculum pero el llamado nunca llegó: “Quería ganar mi dinero y pensé, mientras sigo buscando trabajo puedo vender bufandas tejidas, que es algo que hago siempre, por gusto”. Así recuerda Laura su primer día como vendedora ambulante sin pensar siquiera que aquella sería su elección hasta el día de hoy: “Había una chica que vendía duendes, y le dije Flaca ¿cómo andas amiga, te molesta que me ponga acá al lado con unas bufandas?”. Y la chica accedió sin problema. Ese día terminaron pasando juntas toda la tarde, ella con sus duendes de cerámica y Laura con sus bufandas, charlando, tomando mate y así otros artesanos se sumaban en lo mismo. Pero luego el problema fue que las bufandas en noviembre ya no se vendían y ella recuerda: “Así aprendí a hacer trenzas y pulseras de Macramé, se vendía bien todo el verano. Ya tenía dos oficios para las temporadas de invierno y verano”.
Aunque  ella lleva ya un largo camino hecho en el oficio de la artesanía. Las cosas cambiaron en todo este tiempo, sobre todo acá en la capital, en donde siempre regresa el punto de encuentro de la comunidad de artesanos, a la que se unió hace casi quince años: “Y por lo menos en la calle Florida antes eran más artesanos, gente que hacía las cosas con sus propias manos y las vendía. Por lo tanto también tenía amor en su vida cotidiana. Y eran buenos compañeros, nos cuidábamos los bolsos.  Los paños del otro. En cambio con el tiempo, fue cambiando de a poco, viniendo gente  de reventa, peruanos, que siempre fue un conflicto. En realidad, el conflicto no es que sean de reventa o artesanos, sino es con la onda que lo haga”.  Cuando se refiere a esa gente  que fue llegando, invadiendo el espacio de los artesanos, de la gente que trabaja con amor, buena onda y compañerismo, hay algo de prejuicio en sus palabras, quizás por ignorancia, generalización, algo que es muy común lamentablemente en  nuestra sociedad y en otras sociedades también, asociar determinada nacionalidad a ciertos comportamientos invasivos. Laura, habla de peruanos que se manejan con otro código callejero, tienen mala onda: “Ellos creen que una baldosa es de ellos y lo peor de todo es que no se conforman con su lugar, mañana vienen y se ponen acá, donde vos estabas, y vos decís “loco este es mi lugar”, y bueno pero….yo mañana vengo y él llega y te saca a las trompadas…” Laura tiene un derecho de piso, ella estaba de antes, es re plaga. Se describe así, con sus palabras, como diciendo que es cargosa, insistente, que no se da por vencida, que al comienzo fue más difícil pero que logró hacerse un lugar, y ganarse el respeto en la calle.

Un conflicto con la policía
  Es sabido de los reiterados conflictos que hubo con la policía, enviados por el Gobierno de la ciudad, para sacar a los manteros de la clase Florida. Para las autoridades de la Ciudad, dichos vendedores son quienes no pagan los impuestos, los que toman sin permiso un lugar en una calle transitada y lo consideran como propio, los que provocan el cierre de locales comerciales habilitados y despido de decenas de sus empleados,  los que afean el paisaje urbano. En fin: el enemigo número uno de la Ciudad de Buenos Aires, del que tanto se habla por estos días.   Los enfrentamientos entre los vendedores y la policía, fueron cubiertos por distintos medios, la última les quitó la mercadería llevando detenidos a los comerciantes. Antes no era así, se les pedía, no tan amablemente, que se retiren. Laura, tuvo un problema en particular, un día en el que sufrió este mismo hecho:“La policía me quería sacar las cosas, y yo tenía una mercadería más fácil de hacer, más rápido, que otra que tardaba mucho tiempo, entonces agarré y le di a la policía la que no era tan difícil de rehacer y cuando quisieron sacarme el macramé, les dije: “No te lo doy” y bueno me lo querían sacar, y como no me separé de la mercadería, me llevaron presa a mí con la mercadería, yo les decía que si me quitaban esas cosas, ellos eran los ladrones, que eso era mío.” Por suerte, la historia tuvo un final feliz: “Bueno y al final me llevaron, me detuvieron, me hicieron el acta, toda la historia y al final no me sacaron nada, me dejaron ir con todo… ¡Todo! ¡Me devolvieron! ¡Todo! Yo no lo podía creer…”

Una elección por vocación
  Pasaron 15 años desde aquella primera vez en San Telmo, la calle florida, Plaza Francia y algunos viajes al exterior. “Soy artesana por vocación” dice Laura, y agrega que a su familia le costó entender su elección, sobre todo a la madre pero con el tiempo lo entendió y lo acepto. Así, ella elabora y vende cosas con materiales naturales y duraderos. Su “profesión” le permite llevar un estilo de vida distendido, sin horarios, sin un jefe a quien rendirle cuenta. El artesano, cuenta ella: “Puede disfrutar de las cosas simples de la vida, un buen desayuno y almuerzo, en el calor de su hogar mientras produce sus productos, y a la hora que le parece, va a la calle a tirar el paño”. También, disfruta de los amigos con más frecuencia por el tiempo disponible.
  Antes de hacer el click en su concepción de este oficio, siempre veía a sus compañeros artesanos que no tenían adonde ir, muchos vivían en hoteles, en la calle, en el subte y ella volvía a su casa. Los amigos notaban que Laura trabajaba muy relajada, como librada al azar de quien le comprara. Por lo que fue el duende (un amigo de ella) quien le recomendó hablarle más a la gente para mostrar sus artesanías, seducir, convencer,  y no faltar ningún día a tirar el paño, por más que tenga poca producción hecha. Pero ella no entendió a lo que el duende se refería, hasta llegado el momento en que se fue a vivir sola. Laura, decidió salir del seno del hogar, emprender su camino y su primer viaje es en donde aplicaría y entendería lo que el duende le decía. En España, sin la familia y amigos cerca para tenderle una mano, trabajaba para mantenerse y tener un lugar en donde habitar. Ahí se dio cuenta que si no hablaba, no sonreía y no daba lo mejor de sí, no vendía. En esos momentos su trabajo significó sustento necesario e indispensable, desde entonces, nunca volvió a ser la misma y ahora sabe que si no vende no come. Pero los sueños también están en su vida, en los cuales aparece el deseo de tener su propio negocio en un futuro y seguir ofreciendo sus productos  por medio de esté. Tener la añorada casa propia, un sueño de muchos pero que puede cumplirse si uno se lo propone.

  Conociendo a Laura supimos que la parte difícil de ser artesano es que a la hora de vender, uno no sabe si va a poder hacerlo porque quizás la policía no se lo permita o algún otro vendedor que haya ocupado su puesto. También es algo que no se puede plantear a futuro, ya que tal vez más adelante en el tiempo, salga alguna ley que prohíba la venta ambulante. Por lo que disfrutar del presente es algo típico de este modo de vida. El estilo de vida de los artesanos, es el placer de las cosas simples, poder tomarse su tiempo para desarrollar tranquilamente lo que van haciendo cotidianamente. Encuentran gente nueva todo el tiempo, convenciendo clientes pero siempre con simpatía, ofreciendo esos productos a los que se nota que le ponen amor. Los largos días que pasan con sus mantas, haciendo frente a cualquier clima, charlando y haciéndose compañía, quizás con un mate o un fernet mediante, son prueba de que disfrutan vivir con lo necesario, sin jefes, y muchísima libertad.