Hace un tiempo, no mucho, dejándome llevar por lo que otros decían, llegué a escribir esto:
“No se sabe mucho de él. O, al menos, no se puede confirmar la veracidad de lo que se dice de él. Yo no lo conozco. Esto que les voy a contar sólo lo leí por ahí…
Tiene cerca de 80 años, esa aproximación es segura. Sin embargo, su imagen, la que yo tengo de él, la creo el Dueño. Dueño del departamento donde vive Lito Giménez y dueño de la realidad construida en torno a este personaje. Aclarado esto que considero de importante trascendencia, puedo comenzar a contarles quién y cómo es Lito. “Pobre Giménez”, puede llegar a decir uno, quien lo mira de afuera, y percibe su infortunio. ¿Pobre? Nada de eso. Lito es un ser detestable: contrata niñas que trabajan de prostitutas, se excita con su suegra de casi 90 años y tiene en su poder a una hija de desaparecidos. Ella seguramente no sabe su verdadero origen.
Además, es un avaro. ¿Pobre? Pobre es el dueño: cuatro meses de renta le debe, y pese a esto el señor se va a apostar a los burros. Al final, la apuesta que el portero tenía que hacer, en nombre de Lito, por el caballo que resultó ganador, no se hizo. ¡El viejo creía lo contrario.
¿Qué va a hacer ahora que prohibieron, entre otros, el Rubro 59, el de las chicas que trabajan con su cuerpo? El señor va a tener que conformarse mirando a su suegra que yace inmóvil en una cama para satisfacer su apetito sexual.
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En fin, esto es Giménez. O al menos lo que leí por ahí”.
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Lleno de prejuicios escribí este texto. Y con mucha culpa decidí sacarme la duda.
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- ¿Eso te dijeron de mí pibe?
- Si, Don Lito.
- ¿Y quién te lo dijo? – repreguntó el hombre apenado.
- Preferiría no contarle eso, no tiene importancia. Lo que si me importa es que usted me lo desmienta.
Se reincorporó en la silla mecedora y empezó: “Te voy a contar todo”.
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Para llegar a la casa de Manuel Giménez, Lito desde hace ya incontables años, no tuve más que decirle al chofer del 53 que tomé en Plaza Flores, el de cartel amarillo que dice “Palomar” en letras negras, una intersección: “A Beiró y Lope de Vega, por favor”. En esa esquina vive mi personaje.
Treinta y tres minutos de viaje, con un tráfico fluido, mediaron entre mi partida y mi destino. Compré una botella de agua mineral en el kiosco que está justo en la esquina y toqué el timbre del 4º B de Avenida Lope de Vega 3186.
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- A lo que es capaz de llegar una persona, eh. No lo puedo creer – dijo sorprendido.
- Por eso vine, Lito. Para que usted me cuente cómo fueron las cosas.
- Nada del otro mundo – prosiguió –. Un simple acuerdo entre dos personas maduras. Lo que pasa es que él tiene un vicio: es un jugador empedernido. Se la escolasea toda. Y cuando tuvo la necesidad de más guita vino corriendo a mí.
- Bueno, está bien, pero la plata se la debía…
- ¡Dejame terminar, che! – interrumpe con algo de vehemencia –. Cuando pasó lo de mi señora y la nena se fue, lo único que yo tenía era la jubilación. La jubilación que era un poquito más que lo que él me cobraba de alquiler. Entonces le planteé la situación y sus palabras fueron: “Lito, quédese el tiempo que necesite. No me debe nada”. ¿Y ahora me viene con esto?
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Elvira fue la esposa de Manuel durante 42 años. Los hermosos portarretratos con fotos de la pareja y de su única hija, Mercedes, en el modular de madera barnizada, son los primeros que se ven al ingresar al departamento que habita Lito, pero que aún es del Dueño. Elvira tenía 71 años cuando una neumonía le quitó la vida en un momento inesperado. Ella limpiaba las casas de los vecinos, cuidaba a algunas señoras ya muy entradas en edad del barrio, planchaba y cosía para afuera. Y así vivían con Lito. Además, Mercedes, trabajaba muy bien (es arquitecta) y nunca faltaba oportunidad para ir al super y llenarle la heladera de cosas a los viejos. “Y le salió un buen laburo a Juan Carlos y se fueron para Estados Unidos. Me quisieron llevar, pero yo soy muy grande y orgulloso, viste, y preferí quedarme. Les dije que iba a poder sólo”, cuenta Giménez entre lágrimas lo que fue, en un corto espacio de dos meses, quedarse sin su compañera y sin su hija arreada por la buena fortuna de su marido.
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- Mercedes: cuénteme de ella, por favor.
Lito se sonríe. – Cuando nos la trajeron no podíamos dejar de mirarla: tan linda, gordita, morrudita era.
- ¿Cuándo se la trajeron? – pregunté sin prestar atención a las descripciones que anoto gracias a la tecnología que me proporciona el grabador.
- Si – contestó firmemente. – Mercedes es adoptada. Elvira nunca pudo…
- Pero entonces…
- ¡No! – interrumpe una vez más ya fastidiado por mi velocidad en la repregunta. – No es hija de desaparecidos. A Mercedes la adoptamos del orfanato “Pequeñas estrellitas”. La directora de la institución nos dijo que Mercedes era hija de una mujer que no podía mantenerla. Una nena, no recuerdo si tenía 14 o 15 años, que había quedado embarazada y que el pibe que puso la semillita de mi Mechita se borró. Flor de atorrante – masculló Lito cuando se acordó del padre biológico de su hija.
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“Pequeñas estrellitas” es un hogar de niños que funciona desde 1975 en Avenida Álvarez Jonte 1568. Tiene a cargo a 102 chicos y adolescentes y desde su fundación está dirigido por María Cristina Campos. Los chicos del lugar, la llaman amablemente Cris, mientras ella, muy generosa y cálidamente, me facilita el expediente 1632-77 con el nombre de Mercedes Anabel Arguello. “A Mechi la trajo su abuela, una señora muy humilde. Me dijo que su hija había tenido una relación con un chico del barrio, los dos adolescentes, y que había quedado embarazada. Tenía 14 años la nena, y la señora no podía sumar a sus 8 hijos una boca más”, me cuenta María Cristina rememorando el día en que Mercedes Giménez llegó a sus brazos. Hija de Celeste Soledad Arguello y de padre desconocido, Mercedes pasaba a manos de Giménez con 11 meses de vida. Lito decía la verdad.
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- Villanova es un amigo de la infancia que, cuando pasó lo de mi señora, me dio una mano con el tema de los repuestos. Sí, es algo medio turbio, lo sé – reconoce Lito – pero necesito vivir. Y eso me ayuda.
La mecedora tiene la forma del cuerpo de Manuel. La puedo ver cuando se levanta para ir a la cocina a poner el agua para unos mates. No usa pantuflas, ni arrastra los pies. Sus pasos son firmes.
- Vení, pibe – me invita Lito –, pasá nomás.
- La cocina esta muy ordenada y limpia. Pareciera que la mano de una mujer la mantuviera en ese riguroso orden: “Tuve que aprender a la fuerza para no vivir en la mugre. Elvira hacía todo ella – dice melancólico, Lito y pierde su mirada en el vació de los blancos azulejos del ambiente. Se ve que la extraña.
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- Lo de este gobierno es fabuloso. Y si bien la jubilación no me termina de alcanzar, hay que acordarse de que con Méndez – Lito no quiere nombrar a Carlos Menem – cobrábamos 120 pesos – dice prolongando la “e” durante varios segundos –. Pero que haya sacado el Rubro 59 no hace más que ratificar que vamos por buen camino.
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La charla con Giménez llegó a su fin. Consideré que no era necesario mencionar lo de la carrera de burros ni mucho menos esa supuesta escena en la que se excitó con su anciana suegra. Temí que si le preguntaba eso me echara a los golpes.
Me fui conforme con lo charlado. No hay nada que me de la seguridad de lo que me dijo Don Lito sea cierto. Quizá sea una gran historia de un hombre que miente para defenderse. Pero lo dudo.
Bajo los cuatro pisos por las escaleras, y en eso sonrío: lo duda que me invadía fue evacuada. Yo le creo a Lito y eso es suficiente para mí. Cuenta saldada y ya no más pendiente.
Esteban Schoj
Comisión 35
Octubre - 2011
Muy bien pensado!!
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