lunes, 28 de octubre de 2013

Tres veces junio

Leer a Martín Kohan en junio puede parecer un dato sin importancia. Leer Dos veces junio y tener la oportunidad de escuchar al autor en una charla dirigida a nosotros en el mes de junio puede parecer una simple casualidad. Cruzar ambos datos, a Kohan y su otro yo que no es especialmente él, todo en durante el mes de junio ha de ser quizás una formidable coincidencia.
El primer acercamiento al mundo literario de Martín Kohan fue a través de Dos veces junio, un relato particular del que el autor nos contará más adelante. Las ediciones que leímos, como la mayoría de los libros, contaba con una corta reseña sobre su actividad literaria y una foto tamaño carné de un Kohan con lentes redondos, perfil duro y con cierto aire de celebridad seria. Es usual que durante la lectura nos hayamos detenido a pensar cómo será la vida del fulano, este total desconocido que sabemos bien no es quien narra, porque el narrador pertenece al mundo ficcional, mas crea personajes, piensa en los giros y hasta tenía facha. Este autor de perfil duro como ya dijimos, seguramente era poco dado a la oralidad, un hombre de pocas palabras, seco en trato, el vivo mito de los escritores como hombres callados más o menos. Toda esta infinidad de conjeturas obtenidas a partir de la única foto que presentaban las ediciones nos acompañaron hasta el 24 de junio pasadas las nueve de la mañana.
Llegamos temprano. La pregunta más sonada en clase fue: “¿Qué libro leíste?” mientras que en las cabezas de varios paseaban posibles preguntas que le teníamos guardadas desde nuestras lecturas. Contrariamente a nuestras expectativas, Martín Kohan arribó al aula número siete de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA vestido de negro, con un pantalón deportivo de una marca y un buzo de otra. Manteniendo una apariencia un tanto descuidada o quizás simplemente escasa meditación de un atuendo acorde a la situación, Kohan no parecía aquel tipo pintón que se mostraba en sus libros. El hombre que había atravesado la puerta tenía bastante menos cabellos que el de la foto y algún que otro año más. Incluso, llegamos a confundirlo con el sujeto que se encarga de que funcione el audio, hasta que oí a mis compañeros murmurar de que se trataba de él. Todas nuestras conjeturas se cayeron a pedazos. Hasta que habló, habló y se fue perdiendo en sus palabras.
Fue evidente que el tema que Marina Cortés le había propuesto le parecía fascinante, hablar de la escritura para Kohan era un homenaje a la escritura material, al tiempo de producción, a la relación del escritor, de quien escribe con sus cuadernos, libretas, su lapicera Astor 303 y la tinta misma sobre la fibra rayada de sus primeros cuadernos Gloria, a esa actividad que él definió como solitaria, conjetural, de deseo difuso.
“Literatura no es solamente contar una buena historia, ¿hasta qué punto lo narrado existe sin la narración?” Un tanto indignado por la “expresión descarnada de contar historias” -que se puso en evidencia durante su estadía en la Feria de Frankfurt-, Kohan narraba cómo el predominio del contenido, del argumento desmerecía totalmente la riqueza de la narración, del tan apreciado cómo. Describiendo a los agentes de las grandes firmas editoriales contando por celular de qué trataba el libro, sin haberlos leído previamente, nuestro orador remarcaba que tanto la narración como lo narrado son inseparables. Una literatura que pone el orden de lo narrado en primer plano, subyugando a lo narrado decae en la literatura de las  buenas historias, de los best-sellers.
“Corregir es parte de la escritura, corregir es reescribir” fueron sus palabras. Nos advirtió que la única vez que “se dejó llevar”, que escribió haciendo caso a sus amistades y dejó fluir el texto, nada fluyó. Estábamos frente a un perfecto maniático de la escritura que detesta viajar y probar cosas nuevas, al cual lo saca de quicio escribir sin tener una idea construida,  para él no es suficiente saber qué historia va contar sino precisamente cómo la va a contar para largarse a escribir por caminos más seguros, para tener el control. Martín "no como lo que no haya probado antes de los 8 años" Kohan es un escritor estructurado que no le molesta que lo vean así, bromeando sobre los constantes pedidos de que se relaje y escriba lo que fluya, él responderá que está bien así y que el estrés le gusta e incluso le resulta un envión para producir y consolidar futuras novelas. Goza de la anticipación y del futuro placer que le resultará la corroboración de lo que bien tenía anticipado.  Asimismo, se considera arruinado y dichoso puesto que “cuando tienes una vida arruinada, escribís mucho”. Esta obsesión manifiesta repercute en el tiempo que tarda para escribir sus novelas pues al tener lo que incluso comparó con el signo de Saussure por su complementariedad, lo narrado y la narración, en su esquema mental y como toda memoria es frágil, apenas unos meses le bastan para elaborar textos. Y son en efecto textos lo que produce y no libros, ya que “el libro es pues el texto ya mercantilizable” mientras que el texto es parte de su intimidad creativa.
Martín Kohan mantiene como hemos mencionado, un vínculo real con la escritura, su apego al papel y a la producción manuscrita es un hábito que hemos de valorar teniendo en cuenta que convivimos con formatos digitalizados e incluso, nos encontramos redactando esta crónica ya de manera digitalizada, perturbándonos de ser Kohan del sonido producto de la presión de los dedos con el teclado. La pérdida de ritmo engendrada por el molesto sonido de las teclas, hace que pierda materialidad el acto de escritura, pérdida de experiencias sensoriales que sólo le aporta el papel y la birome. Ausencia de olores, texturas, del contacto directo con el soporte, del placer físico del trazo no lo dejarían disfrutar como lo viene haciendo ya que escribir no le es solamente escribir, es el “modo en que uno envuelve el texto” al punto de llegar a tener deseo físico de escribir a mano y todo lo que eso comporta.  
Volviendo a lo técnico tras el goce sensorial, el narrador es quizás una de las decisiones más determinantes dentro del proceso creativo. Esto ya que propone un tono calibrador del texto y una distancia, una perspectiva desde la cual se narra, desde la cual se puede estar más cerca, más lejos o un ir y venir respecto de los hechos. Kohan afirma que la voz que relata es quien establece los pactos con el lector, puesto que lo posiciona, le da la posibilidad al lector de saber más que quien cuenta, el narrador que cree que sabe y no sabe que denominó “el antisócrates” o al revés, que no sabe que en realidad sabe.

Si bien nos quedó muy en claro su obsesión por la escritura y reescritura, eso no se ve reflejado en el tiempo que tarda para escribir sus novelas. Apenas unos meses le bastaron para escribir Dos veces junio, novela que de por si resulta embrollada con los cambios de ritmo en la escritura, los cortes y la abundante repetición. Para Kohan llega un punto en el que el texto “cobra vida propia”, fluye por sí mismo luego de la elección fundamental del narrador y la relación que el narrador establece con lo narrado. Sin duda alguna, la visita de Kohan fue de gran ayuda a la hora de pensar en nuestras propias producciones gracias a la facilidad con la que expresaba sus ideas y su forma de hablar, tan particular en quienes hacen de su pasión su modo de vida. Supo transmitirnos su amor hacia la escritura, algo que no es nada fácil en estos días. 

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