Leer
a Martín Kohan en junio puede parecer un dato sin importancia. Leer Dos veces junio y tener la oportunidad
de escuchar al autor en una charla dirigida a nosotros en el mes de junio puede
parecer una simple casualidad. Cruzar ambos datos, a Kohan y su otro yo que no
es especialmente él, todo en durante el mes de junio ha de ser quizás una
formidable coincidencia.
El
primer acercamiento al mundo literario de Martín Kohan fue a través de Dos veces junio, un relato particular
del que el autor nos contará más adelante. Las ediciones que leímos, como la
mayoría de los libros, contaba con una corta reseña sobre su actividad
literaria y una foto tamaño carné de un Kohan con lentes redondos, perfil duro
y con cierto aire de celebridad seria. Es usual que durante la lectura nos
hayamos detenido a pensar cómo será la vida del fulano, este total desconocido
que sabemos bien no es quien narra, porque el narrador pertenece al mundo
ficcional, mas crea personajes, piensa en los giros y hasta tenía facha. Este
autor de perfil duro como ya dijimos, seguramente era poco dado a la oralidad,
un hombre de pocas palabras, seco en trato, el vivo mito de los escritores como
hombres callados más o menos. Toda esta infinidad de conjeturas obtenidas a
partir de la única foto que presentaban las ediciones nos acompañaron hasta el
24 de junio pasadas las nueve de la mañana.
Llegamos
temprano. La pregunta más sonada en clase fue: “¿Qué libro leíste?” mientras
que en las cabezas de varios paseaban posibles preguntas que le teníamos guardadas
desde nuestras lecturas. Contrariamente a nuestras expectativas, Martín Kohan
arribó al aula número siete de la
Facultad de Ciencias Sociales de la UBA vestido de negro, con un
pantalón deportivo de una marca y un buzo de otra. Manteniendo una apariencia
un tanto descuidada o quizás simplemente escasa meditación de un atuendo acorde
a la situación, Kohan no parecía aquel tipo pintón que se mostraba en sus
libros. El hombre que había atravesado la puerta tenía bastante menos cabellos
que el de la foto y algún que otro año más. Incluso, llegamos a confundirlo con
el sujeto que se encarga de que funcione el audio, hasta que oí a mis
compañeros murmurar de que se trataba de él. Todas nuestras conjeturas se cayeron
a pedazos. Hasta que habló, habló y se fue perdiendo en sus palabras.
Fue
evidente que el tema que Marina Cortés le había propuesto le parecía
fascinante, hablar de la escritura para Kohan era un homenaje a la escritura
material, al tiempo de producción, a la relación del escritor, de quien escribe
con sus cuadernos, libretas, su lapicera Astor
303 y la tinta misma sobre la fibra rayada de sus primeros cuadernos Gloria, a esa actividad que él definió
como solitaria, conjetural, de deseo difuso.
“Literatura
no es solamente contar una buena historia,
¿hasta qué punto lo narrado existe sin la narración?” Un tanto indignado por la
“expresión descarnada de contar historias” -que se puso en evidencia durante su
estadía en la Feria de Frankfurt-, Kohan narraba cómo el predominio del
contenido, del argumento desmerecía totalmente la riqueza de la narración, del
tan apreciado cómo. Describiendo a
los agentes de las grandes firmas editoriales contando por celular de qué
trataba el libro, sin haberlos leído previamente, nuestro orador remarcaba que
tanto la narración como lo narrado son inseparables. Una literatura que pone el
orden de lo narrado en primer plano, subyugando a lo narrado decae en la
literatura de las buenas historias, de los best-sellers.
“Corregir
es parte de la escritura, corregir es reescribir” fueron sus palabras. Nos
advirtió que la única vez que “se dejó llevar”, que escribió haciendo caso a
sus amistades y dejó fluir el texto, nada fluyó. Estábamos frente a un perfecto
maniático de la escritura que detesta viajar y probar cosas nuevas, al cual lo
saca de quicio escribir sin tener una idea construida, para él no es suficiente saber qué historia
va contar sino precisamente cómo la
va a contar para largarse a escribir por caminos más seguros, para tener el
control. Martín "no como lo que no haya probado antes de los 8 años"
Kohan es un escritor estructurado que no le molesta que lo vean así, bromeando
sobre los constantes pedidos de que se relaje y escriba lo que fluya, él
responderá que está bien así y que el estrés le gusta e incluso le resulta un
envión para producir y consolidar futuras novelas. Goza de la anticipación y
del futuro placer que le resultará la corroboración de lo que bien tenía
anticipado. Asimismo, se considera
arruinado y dichoso puesto que “cuando tienes una vida arruinada, escribís
mucho”. Esta obsesión manifiesta repercute en el tiempo que tarda para escribir
sus novelas pues al tener lo que incluso comparó con el signo de Saussure por
su complementariedad, lo narrado y la narración, en su esquema mental y como
toda memoria es frágil, apenas unos meses le bastan para elaborar textos. Y son
en efecto textos lo que produce y no libros, ya que “el libro es pues el texto
ya mercantilizable” mientras que el texto es parte de su intimidad creativa.
Martín
Kohan mantiene como hemos mencionado, un vínculo real con la escritura, su
apego al papel y a la producción manuscrita es un hábito que hemos de valorar
teniendo en cuenta que convivimos con formatos digitalizados e incluso, nos
encontramos redactando esta crónica ya de manera digitalizada, perturbándonos
de ser Kohan del sonido producto de la presión de los dedos con el teclado. La
pérdida de ritmo engendrada por el molesto sonido de las teclas, hace que
pierda materialidad el acto de escritura, pérdida de experiencias sensoriales
que sólo le aporta el papel y la birome. Ausencia de olores, texturas, del
contacto directo con el soporte, del placer físico del trazo no lo dejarían
disfrutar como lo viene haciendo ya que escribir no le es solamente escribir,
es el “modo en que uno envuelve el texto” al punto de llegar a tener deseo
físico de escribir a mano y todo lo que eso comporta.
Volviendo
a lo técnico tras el goce sensorial, el narrador es quizás una de las
decisiones más determinantes dentro del proceso creativo. Esto ya que propone
un tono calibrador del texto y una distancia, una perspectiva desde la cual se
narra, desde la cual se puede estar más cerca, más lejos o un ir y venir
respecto de los hechos. Kohan afirma que la voz que relata es quien establece
los pactos con el lector, puesto que lo posiciona, le da la posibilidad al
lector de saber más que quien cuenta, el narrador que cree que sabe y no sabe
que denominó “el antisócrates” o al revés, que no sabe que en realidad sabe.
Si bien nos quedó muy en claro su obsesión por la escritura y
reescritura, eso no se ve reflejado en el tiempo que tarda para escribir sus
novelas. Apenas unos meses le bastaron para escribir Dos veces junio, novela que de por si resulta embrollada con los
cambios de ritmo en la escritura, los cortes y la abundante repetición. Para
Kohan llega un punto en el que el texto “cobra vida propia”, fluye por sí mismo
luego de la elección fundamental del narrador y la relación que el narrador
establece con lo narrado. Sin
duda alguna, la visita de Kohan fue de gran ayuda a la hora de pensar en
nuestras propias producciones gracias a la facilidad con la que expresaba sus
ideas y su forma de hablar, tan particular en quienes hacen de su pasión su
modo de vida. Supo transmitirnos su amor hacia la escritura, algo que no es
nada fácil en estos días.
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