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domingo, 16 de diciembre de 2012

Haga patria, que no se le revele la señora


Aproximadamente hace diez minutos me encontraba en el club del barrio con los muchachos, charlando sobre fútbol y pensando cómo hacer para que Luis se levante a la hija de Cacho, el dueño del club. Estábamos a punto de decidir cuál era el piropo más ganador para que le haga temblar las patas y caiga rendida en los brazos de nuestro amigo, pero en plena deliberación nos vimos interrumpidos por una ola de gritos provenientes de la calle. Pospusimos el voto para ver qué era lo que estaba pasando, asomamos la cabeza por el portón y vimos una banda de yeguas cortando la calle. Pedían por no sé qué derecho que no tenían por ser minas, en fin, una huevada.
Anda a lavar los platos. Le grité a una. Rajá de acá borracho infeliz, me contestó. Me ofendí y entramos con los muchachos a las puteadas devuelta para el club.
Cuando alguien se esfuerza por una causa justa y razonable suelo apoyarlo. Pero a veces surgen esos grupos, que por lo visto no tenían nada mejor que hacer, y se dedican a instalar debates innecesarios en la sociedad, sobre cuestiones que ya están resueltas ancestralmente y no precisan cambios. Por esta sencilla razón no logro entender a las feministas.
Feminista, palabra complicada, rara, ¿quién se anima a decir soy feminista? Es por eso que son un grupo reducido, sin peso y enteramente compuesto de mujeres. Pasando en limpio, podemos describirlas como un grupo de mujeres de diversas edades, amantes del aborto, que no consideran la prostitución como un trabajo digno, tienen como principal enemigo al hombre y no reconocen a la cocina como su hábitat natural. Las principales causas del origen de esta especie radican en el matrimonio, en simples y corrientes sucesos como: la infidelidad y la violencia tanto verbal como física. Resumiendo, es una cuestión de debilidad, todos sabemos que una verdadera mujer es capaz de tolerar  esto y más.
Mientras repasaba todo esto en mi cabeza, Luisito, invitó a un hotel a la hija de Cacho para pasar la noche, y la mañana si le daban las gambas. Así, seco. No es la opción que había votado yo, pero tampoco me disgustaba. La piba se negó, le dijo “desubicado”. “Si sos más fácil que la tabla del uno”, le gritamos desde la mesa. La piba se puso a llorar. Nosotros nos cagamos de risa y pedimos otra birra.
Volviendo a las feministas, no debemos dejar que nos laven la cabeza con sus ideas locas, eso es lo que quieren ellas, que caigamos en la trampa. Debemos refrescar nuestra imagen de las mujeres recurriendo constantemente a nuestro mejor amigo, la fuente de la verdad: el televisor. Con solo ver cinco minutos de publicidades podemos afirmar que no existe la mujer luchadora, solo es un mito. La verdadera mujer cocina para la familia, limpia la casa, cura a los hijos cuando se lastiman y los lleva a la escuela. Hace la prueba de la blancura con los calzoncillos del esposo laburador, va al mercado los días que hay descuento. Se queja cuando le viene la regla y se alegra cuando le regalas un paquete de toallitas, sus mejores amigas. Y esto va para los muchachos, una mina con todas las letras no te pide flores ni que la lleves a comer. Esa es una idea equivocada que instalaron las propias mujeres para confundirnos, pero no somos ningunos tontos, se sabe que se bajan los pantalones por un desodorante o  una cerveza fría.
 Luis volvió para la mesa haciéndose el enojado, pero la situación fue más grande que él, y soltó una carcajada. Dijo que las cosas no iban a quedar así, hoy pensaba agarrar el auto a la noche y salir de levante. El viejo truco del auto, ninguna piba se lo resiste, con tal de que las lleven hacen cualquier cosa, entre los hombres el que no corre, vuela. Luis es casado, tiene dos pibes chicos, por eso lo advertimos. Le dijimos que no pague un telo muy caro, que no gaste mucha nafta, que deje algo de guita en la casa. Los hombres también tenemos que hacer autocrítica, cuando una mujer se vuelve feminista es porque la dejaste de mantener, porque no se pudo comprar más corpiños e ir a la peluquería cada tres horas. Pero sabemos que nuestro amigo es terco e iba a reventar la billetera en una noche. Hicimos una vaquita y le dimos para que le dé unos mangos a la señora. No íbamos a contribuir a que sigan creciendo las yeguas rompe pelotas.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Humberto Tumini

Policías que van, vienen, suben y bajan de los camiones. Se adueñan de la calle con un despliegue táctico preciso, prolijo, bien meditado. Extendidos por gran parte de la Avenida de Mayo, son el foco de curiosas miradas que no comprenden la situación. Los bombos suenan a ritmo con las canciones, se asoman grandes banderas, una multitud de gente invade la intersección de Perú con Avenida de Mayo. En otros tiempos –décadas de los '60 y '70 en Argentina–, las fuerzas armadas iban, venían, subían y bajaban de los camiones. Se adueñaban de la calle, las casas, los bares, de todo. Escuadrones, portazos y detenidos, eran parte del despliegue táctico preciso, prolijo y bien meditado de aquella época.
Humberto Tumini fue militante del PRT –Partido Revolucionario de los Trabajadores, instrumento político de ideología Marxista-Leninista, que nace de la unión de dos agrupaciones de izquierda: El Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) y Palabra Obrera (PO) –, miembro guerrillero del ERP –Ejército Revolucionario del Pueblo, facción armada del PRT-, y por todo esto, también preso político durante las dos últimas dictaduras militares. La primera entrada a la cárcel se ubica durante el proceso golpista que encabezó el general Juan Carlos Onganía en el año 1966. Recupera su libertad a través de la amnistía que llevó adelante el recién electo presidente Héctor Cámpora en las elecciones de 1973. Sin embargo, la felicidad le durará poco, el 24 de marzo de 1976 comenzará el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, un nuevo golpe de estado. Su condición de subversivo lo llevará nuevamente al cautiverio, del que podrá escapar recién llegada la democracia en 1983.
Pero ahora, con un café entre las manos, es un habitué del bar donde espera sentado. Allí, los mozos siempre lo esperan para hablar de política y escuchar su opinión; su historia se ha ganado el respeto de ellos.
Desde una mesa con vista a la calle, Humberto observa los acompasados movimientos de los policías y los manifestantes. Dos masitas secas esperan sobre la mesa, otro es el foco de atención. Los cantos continúan –ahora con más fuerza–, el resto de los clientes dirigen alguna mirada a la calle, pero prefieren perderse en las imágenes de la televisión.
A simple vista, hoy pareciera quedar poco en Humberto de aquel joven setentista. Sí, su lucha política continúa, pero él ya no realiza “repartos” –secuestro y distribución de mercaderías entre la gente–, ni participa de “desarmes” –asaltos a oficiales en busca de armas–, ni esconde bajo su campera las 45 milímetros de sus compañeros, o una bolsa de granadas para tomar el Correo Central de Córdoba. Tumini carga con la apariencia de un hombre cualquiera, de unos sesenta años, ni muy flaco ni muy gordo, algo calvo y con una mirada poderosa como todas las marchas en las que alguna vez participó; su mirada, sin duda, llena de recuerdos y vivencias, es lo que conserva de aquella revolucionaria juventud.

Sobresaltado, mete la mano en su campera rompe vientos azul y se lleva un viejo celular a la oreja. Aleja la mirada de la ventana, su espíritu deja la calle y vuelve al bar.

–Decile a Vicky que ella está llevando adelante la campaña…llámalo a Roy que está involucrado en el tema. Te dejo que tengo un compromiso, hablamos después.

La llegada de la democracia transformó los “desarmes” y “repartos” en la campaña, y las 45 milímetros en celulares viejos. La puerta del sitio donde se encuentra Humberto Tumini estará cerrada o abierta, aunque no tendrá importancia, porque quienes entren a adueñarse del lugar serán simples clientes. Y esto continuará así; todo continuará así mientras que nada detenga los acompasados movimientos, de policías y manifestantes.
Uno de los mozos lleva unos minutos sentado en  la barra, permanece inmóvil, está hundido en sus pensamientos. Humberto levanta la mano  emite un leve silbido y logra que  acuda rápidamente al llamado.
-¿Les tomas el pedido por favor? Pidan lo que quieran.
Dos saquitos de azúcar al café y comienza el relato. El bar desaparece por un instante y casi sin darnos cuenta estamos en Córdoba, año 1969, plena manifestación popular en el gobierno dictatorial de Onganía. Como por arte de magia, Tumini a través de sus recuerdos nos posiciona en ese lugar que nunca podrá borrar de su cabeza, donde se llevó a cabo el acontecimiento que marcó su adolescencia: el 29 de mayo de 1969 Córdoba amaneció con un paro total de ambas CGT. Los obreros tomaron las calles apoyados por sectores de clase media y el movimiento universitario, provocando la feroz reacción de las fuerzas armadas. El conflicto se desató y los manifestantes resistieron generándose una incontable ola de muertos y heridos. Finalmente, el ejército redujo a las masas y detuvo a los grandes dirigentes de las agrupaciones desertoras, entre ellos Agustín Tosco.
-Yo comienzo mi militancia en el Cordobazo tuve la posibilidad de ver esa concentración popular que fue muy intensa. No solo fue muy chocante por la participación, sino porque fue el primer contacto con la represión, los militares le disparaban a la gente que… estaba desarmada. Desde ahí, mi primera idea política fue: hay que echar a los militares, hay que echar a la dictadura. Pero después me interesé por conocer más, conocer porqué estaban los milicos, conocer la situación del país, como estaba el mundo. Ahí es cuando empiezo a conocer hechos de la historia que se me habían pasado, como el mayo francés, que fue un levantamiento juvenil muy fuerte; seguramente se me pasó porque en esa época estaba en otro lado, jugando al rugby y saliendo con chicas. También lo conocí al Che, y toda la historia de la revolución cubana. En los años 70 ya empecé a pensar que me tenía que organizar, y ahí ya habían aparecido las organizaciones armadas. Yo sabía que esto era lo que me gustaba y ahí es cuando hablé con dos amigos míos que sabía que en algo andaban. Tomé contacto con ellos y efectivamente estaban militando, ahí es cuando me involucro y entro con la idea de que había que voltear al gobierno militar, eso era lo principal. A finales de los años 70 ya estaba militando en el ERP.
Militancia, militante, militar. Son palabras que no pueden sacarse del diccionario. Las definiciones son miles, algunas llenas de prejuicios, alabanzas o total indiferencia. Sólo la experiencia puede definirlas en estado puro, desde el conocimiento, desde lo vivido.

-La militancia es un compromiso que uno toma, por una causa, por una idea, por un proyecto, pero esencialmente un compromiso. Ese compromiso implica dedicar una parte de su vida, moverse, defender y  mantener activas las ideas. (…) Los intereses son importantísimos, la militancia siempre implica una puja de intereses. Pero no es lo mismo militar por una causa de las minorías que hacerlo por una de las mayorías. También se pone en juego si los intereses son individuales o colectivos. Creo que los intereses individuales se incentivaron aún más con la llegada del neoliberalismo, ya que éste incentivó el individualismo por sobre lo comunitario. Se vive en un sistema que premia a los mejores, que premia a los que ascienden y lamentablemente esto también impactó sobre los militantes políticos.
El café está lleno aún, las masitas no fueron tocadas. Humberto contesta cada pregunta con entusiasmo, humor y dedicación; siempre adjudicándoles un análisis de la situación muy detallado. No necesita pensar demasiado qué es lo que va a decir, tiene su juventud más presente que nunca.
-Fue correcto tomar las armas en ese contexto, estábamos frente a un gobierno represivo. No estaba para nada mal visto por la sociedad, incluso cuando salgo de la cárcel, la primera vez, la gente nos veía como héroes. Nos veían como parte de un proyecto de resistencia contra una dictadura que era extremadamente violenta. Reivindico totalmente ese proceso, nosotros luchábamos por una Argentina mejor. Ni una sola vez me cuestioné si era lo correcto arriesgar la vida por esta causa, no sé si estaba bien o mal no cuestionarlo, pero nunca lo puse en duda. Y la verdad pienso que sí, valía la pena, y no me arrepiento de mi decisión.
Pero no todo es armas, militares y violencia en esta charla. A la hora de recordar a los compañeros hasta el más duro guerrillero demuestra que no perdió la ternura. La pregunta por Mario Roberto Santucho descoloca a Humberto totalmente. El pelado baja la vista, entrelaza los dedos y se muerde el labio inferior. Se pasa una pequeña servilleta por los ojos y desaparece las lágrimas que se comenzaban a acumular.
-Santucho era un poco más grande en edad que nosotros, lo que denotaba más experiencia política. Hasta tuvo una experiencia política en elecciones y su partido metió dos diputados obreros. Era petiso, morochito y aunque hablaba en voz baja, tenía voz de líder y una personalidad atractiva y fuerte. Apenas lo conocías, decías, este tipo es mi jefe. Y siempre humilde, se levantaba primero y se acostaba último, daba el ejemplo a todos, muy correcto, nunca un acto de ostentación; y eso es uno de los aspectos que lo convertían en líder. Era un tipo que conducía con el ejemplo.
Mario “Roby” Santucho comenzó su militancia a finales de los años 50. Tuvo una participación muy grande en las organizaciones de campesinos de Santiago del Estero y fue fundamental para la organización sindical de los azucareros, en Tucumán. Fundador del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) y también principal impulsor del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Sin duda, por su experiencia y devoción, un referente de la militancia para muchos, incluso del propio Tumini.
Se respira setentismo en el ambiente, los vientos de la revolución vuelven a soplar. A pesar de las tragedias vividas, los ideales no desaparecieron y están más intactos que nunca. Pero no existe la revolución sin el revolucionario. Ernesto Guevara, sin duda el gran inspirador de la juventud argentina, dijo que un revolucionario tiene la virtud de sentir cada injusticia como propia. Tumini sin duda lo es.
-Mientras sigan existiendo las clases sociales, las diferencias van a seguir existiendo, lo utópico sería una sociedad sin clases. Hoy en día mantengo la misma convicción, quiero un país mejor, claro que los métodos de lucha son acordes a la situación.
El reloj dejó pasar dos horas desde que comenzamos este viaje en el tiempo, ya es hora de volver al presente. Humberto le acerca un billete al mozo y paga la totalidad de la cuenta, intercambia un par de bromas con el personal de la barra y vuelve a la mesa con una sonrisa, listo para despedirse.
Él no cree en milagros, sabe que los cambios hay que forzarlos. Quizás ya no esté para ver su sueño hecho realidad, pero tiene la firme convicción de que se realizará. Alguien tomará la posta en este camino que ellos empezaron, el fuego seguirá encendido, la lucha continuará.
-Muchas gracias por invitarme. Estas charlas son las que me gustan. Muchos se olvidan de la historia, está bueno que se interesen por conocerla y que sigan adelante con este proceso de trasladarla.
Se cierra la campera rompe vientos hasta arriba y sale por la puerta. Camina entre toda la gente sin ser reconocido, es sólo otro ciudadano común y corriente. Pero esto no debe preocuparle en absoluto, su objetivo no era ser un héroe, era un país mejor.


martes, 18 de septiembre de 2012

La mujer de la mirada apagada


Creer en el amor a primera vista no me resulta disparatado,  el hecho de que una persona dirija su mirada un instante, por más efímero que sea y quede cautivado por una figura, es completamente familiar. Exactamente eso me sucedió a mí, un enamoradizo sin fronteras, que daría todo por aquello que más quiere, con un solo motivo: saciar esa incontenible sensación que aborda al hombre por dentro y lo envuelve en un halo de desesperación que todos llaman deseo. No soy un gran escritor, esta debe ser la primera vez que escribo, pero la situación lo amerita. Intentaré hacerlo de la mejor forma posible, para que se entienda por lo que estoy atravesando. Ya han pasado cinco días desde que me encerré en el armario, no sé si volveré a salir, no sobreviviré sin comida ni agua, pero lo que me interesa contar es cómo llegué hasta esta situación tan trágica.
Toda mi vida he sido un amante del arte, y no solo por mi situación económica (mucha gente adinerada ingresa forzosamente en el mundo del arte sólo por el prestigio que otorga), realmente me apasiona, disfruto cada minuto que paso contemplando una pintura. Si tuviera que imaginar un paraíso seguramente estaría repleto de cuadros, esculturas y un conjunto de arpas endulzándome los oídos. Pero no quiero perder tiempo con ilusiones y vaguedades, basta con que sepan que amo el arte y es mi gran obsesión.
Lo que realmente importa es lo que viene a continuación, presten suma atención. Yo me encontraba en una de mis tantas visitas mensuales al Museo Nacional, lo conocía de memoria, nunca había nada nuevo para ver pero caminar sus pisos de mármol me reconfortaba el alma. Y aquí viene lo interesante. Entré al salón que se encontraba en el ala derecha, eché un vistazo general a las paredes (no es uno de mis salones preferidos, pero tiene cierto encanto) y algo se encontraba fuera de lugar. Podía notarlo pero no sabía qué exactamente así que me tomé el trabajo de mirar fijamente cada obra que colgaba de las paredes buscando a la intrusa. Finalmente la encontré, casi omnipotente al lado de una obra realizada por un artista sueco, era ella, mis ojos no creían lo que veían. Las lágrimas no tardaron en aparecer y la boca me temblaba mientras se me dibujaba una sonrisa que dejaba ver mis dientes, era la más pura de las felicidades. Tantos años buscándola, viajando, recorriendo museos y ahora estaba frente a mí, aún no entiendo como no me desmayé en ese preciso momento.
Era, a mi parecer, la más hermosa pintura que se ha visto, cautivadora, fina, de vanguardia,  sencillamente magnífica. Su creador, que por cierto mantenía el anonimato,  la había bautizado como “Tristeza en Hamburgo” pero a mí me gustaba llamarla “La mujer de la mirada apagada”. Conocí este cuadro en uno de mis viajes a Alemania,  mientras miraba un catálogo en una exposición de artistas universitarios, pero esa también es otra historia que no hace falta mencionar ahora.
Sin duda me dirigí al dueño del museo y le hice una oferta que, por la expresión de su cara, no dudo en rechazar. Estaba sacrificando los ahorros de toda mi vida, una parte de mi cuerpo se lamentaba pero sabía que era lo correcto. Y la otra se regocijaba de alegría ante el drama. Regresé a mi casa con la pintura bajo el brazo cual trofeo de guerra. Hacía años que había decidido el lugar que ocuparía, el espacio estaba ya reservado. Colgué el cuadro en el salón comedor para que estuviera a la vista en caso de visitas, de esta forma todos podrían admirar su belleza.
Los primeros días fueron utópicos, los pasaba parado observándola, sólo le quitaba la vista cuando parpadeaba. Ya tenía su imagen grabada a la perfección, cada centímetro, cada detalle. Los trazos eran precisos, los oleos elegidos exquisitos y los pinceles que se usaron para darle vida fueron los correctos. La figura de la mujer no tenía ningún defecto, su piel era pálida pero no llegaba a ser blanca, sus manos estaban detalladamente confeccionadas y su cuello: largo y fino como un cisne. El busto tenía la talla adecuada, los labios: finos como dos hilos rosados y las comisuras de la boca se encontraban levemente inclinadas hacia abajo. La nariz era un poco grande para una mujer, pero no se veía fuera de lugar en su rostro, sus orejas eran pequeñas y parecían ser frágiles, cada rasgo había sido seleccionado cuidadosamente. Sin embargo los ojos estaban tristes y eso era lo que captaba mi atención, pasaba horas imaginando su vida, ¿cuáles serían sus penas y dolores?
Con el paso de los días decidí que ya era hora de volver a moverme por el resto de la casa. Pero me encontraba frente a un gran dilema, si bien no podía quedarme quieto de por vida tampoco podía dejar de admirar la pintura. Por lo tanto gasté el dinero que guardaba sigilosamente para cubrir los gastos de mi funeral en realizar varias copias de la original, las distribuí por la casa para así estar siempre con ella. Ahora no sólo tenía una en el salón comedor, sino que había una en el baño, en el dormitorio, en la sala de lavado y en cualquier habitación de la casa que se les ocurra. Estaba encantado, de sólo pensar que donde fuera tendría la posibilidad de observarla, mi felicidad se asemejaba a la de un niño en la víspera de Navidad.
Pero aprendí que ninguna felicidad es eterna, y menos si el júbilo es producido por algo que busca resaltar lo contrario. De un momento a otro pasé de estremecerme frente a la pintura, a temblar con sólo saber que compartíamos la habitación. Confieso que he llegado a olerla por varios minutos, la fragancia que expelía me excitaba por algún motivo que desconocía, hasta me avergüenzo de contar que repetidas veces lamía los marcos sintiendo por dentro como se levantaba un infierno, cuyas llamas eran incontrolables. Luego, desde la “transformación” (así es como denominé al extraño suceso) todo se tornó oscuro y deprimente. Los cuartos estaban fríos y habían perdido su color, podrá parecerles una exageración, pero les aseguro que las flores se marchitaban si estaban en las cercanías del cuadro. Las paredes se cubrieron de un asqueroso moho y las telarañas aumentaban considerablemente de tamaño, cualquiera podría decir que la casa estaba abandonada. Todo estaba cambiando, los cristales se volvieron opacos, el piso crujía con cada paso, en el techo empezaban a resaltar los manchones de humedad y el polvo ya pasaba a formar parte de los muebles. No sólo la casa sufrió la metamorfosis, con esto quiero decir que yo no quedé indemne. Últimamente ya no podía controlar mis emociones, cualquier situación servía como detonador para producirme un llanto desgarrador, ese sentimiento de felicidad que alguna vez se había tornado amo de mi cuerpo, se marchaba junto con la pulcritud del hogar.
 Esa mujer, encerrada en la pintura, transformó mi casa por completo, la arrastró a las tinieblas de las que ella era parte. No soportaba verme feliz frente a su desolación y decidió que tenía que sufrir con ella. ¡Oh! Y qué manera de sufrir la mía, no podía caminar tranquilamente por mi casa, a donde iba ella ya estaba ahí, mirándome con desprecio, ¿cómo escaparle?, ¿cómo deshacerme de ella si no me atrevía a tocarla? Los últimos días me limité a manejarme sólo en una habitación, la única que tenía una gran iluminación y en comparación con las otras, era tolerable. Evité el contacto visual y me mantenía alejado del cuadro, sólo me sentaba y esperaba que las horas pasen, la casa estaba subordinada al silencio.
Lo que relataré a continuación podrá parecerles una alucinación o un simple delirio, pero no lo fue, puedo jurarlo, todo pasó realmente. La mañana de mi último domingo fuera del armario, disfrutaba de una larga siesta cuando fui interrumpido por un llanto desmesurado. Abrí los ojos lentamente y del susto los volví a cerrar. No podía creer lo que estaba sucediendo, la mujer había abandonado el cuadro y caminaba por la casa desparramando lágrimas por todos lados. Me acerqué a ella y sin tocarla apenas, pude ver en su rostro una incipiente sonrisa. Verla llorar de esa forma, sentir su presencia cara a cara, me hizo comprenderlo todo. Ella no soportaba vivir dentro de ese cuadro, ese era el verdadero motivo de su infelicidad ¿y quién era yo para condenarla a ese inmenso castigo?
Como ya podrán deducir, decidí esconderme en el armario, donde apenas puedo moverme. Le entregué todo lo que tenía, la mujer necesitaba un lugar para ser libre, y quizás en mi afán por sentirme un héroe incluso en la derrota, sacrifico mi vida para que ese lugar, sea mi casa. Quién sabe, incluso quizás sigo enamorado de esa pintura y soy capaz de darlo todo por ella, quién sabe.

Perfil Josef Mengele


La vida del fugitivo no es apta para cualquiera, muchos desistirían al poco tiempo de saber que alguien sigue tus pasos y no se detendrá hasta encontrarte. Es de suma importancia aprender a convivir con esa presión, hacerla parte de la vida diaria; naturalizar el hecho de tener más de un nombre, varias nacionalidades, muchos hogares; a entender que las amistades son pasajeras y no hay lugar para el afecto, sólo puedes enfocarte en tu persona y concentrarte en el hecho de estar solo frente al mundo.
Hay una persona que conoce bien el oficio, sigue al pie de la letra las reglas y sabe jugar este juego.
Lo han corrido de Alemania para Argentina, de Argentina para Brasil. Se burla de sus cazadores demostrando astucia e inteligencia. En este momento, por ejemplo, se refugia en una pequeña casa, muy acogedora, ideal para una persona sin compañía. Tres habitaciones, cocina a garrafa, una televisión que por lo menos acumula veinte años de antigüedad. No quedan rastros de barniz en los muebles, las paredes reclaman a gritos una mano de pintura y el techo esta descascarándose, pero a pesar de todo el ambiente no pierde su armonía.
 Las aspas del ventilador de techo cortando el aire es el único sonido que se percibe en la sala. Las ventanas facilitan la invasión solar de la mañana, no es un día muy caluroso pero la humedad impone su presencia. Josef sale de su cocina con dos vasos de lo que parece ser jugo de naranja, se sienta en una silla de mimbre y limpia los gruesos vidrios de sus lentes. Saca un cigarrillo y lo prende con dificultad, el temblor de sus manos es un pequeño indicio de su vejez. Toma una pequeña libreta que hay sobre la mesa, moja la punta de un lápiz con la lengua, mira su reloj y hace una breve anotación rápida. Parece que no seré el único que se lleve información.
La televisión está encendida pero nadie la observa, el presentador del canal de noticias habla pero no es escuchado. Por la cercanía de la casa a la calle, el pasar de los autos genera un bullicio urbano que dificulta la charla. La temperatura parece subir cada vez más y unas pequeñas gotas de sudor descienden por la frente de Josef.
-¿Le molesta si prendo un ventilador de pie? Aun no puedo acostumbrarme a este clima…
Sólo hace un par de semanas desde que dejó la Argentina y vino a parar aquí, la casa está vacía, cualquiera podría pensar que está deshabitada.
-No quiero desarmar mis valijas, nunca se sabe cuándo habrá que salir de viaje nuevamente.
El teléfono suena pero Josef parece ignorarlo, el timbre se corta, pasan unos segundos y comienza otra vez. Sigue fumando como si nada pasara, finalmente se levanta y arranca de un tirón el cable del aparato.
 -Recibo llamadas todos los días, pero no las contesto. No puedo confiar en nadie, mi situación es un tanto delicada ¿Entiende usted? Si alguien de verdad me necesita, conoce los horarios en que debe hacer la llamada.
Parece ser que a pesar de todas las precauciones no se priva de andar por la calle como un ciudadano más, sobre la mesa de la cocina se pueden observar unas bolsas de supermercado repletas de artículos de limpieza, comida y bebidas alcohólicas.
-La limpieza es primordial, no soporto la suciedad, me provoca nauseas. Por supuesto que salgo de la casa, necesito tener contacto con la gente. Si dejara de hacerlo perdería el buen ojo y mi carrera llegaría a su fin.
Va hasta la cocina, inspecciona una de las bolsas y saca de su interior una libreta muy similar a la que dejó sobre la silla de mimbre. Regresa a la sala, camina lentamente como si el tiempo fuera eterno, larga un suspiro y vuelve a sentarse. Abre la pequeña libreta, está repleta de anotaciones: cuerpos dibujados, oraciones tachadas, textos breves y complejos.
-Cada nuevo destino es una oportunidad para incrementar el conocimiento. El ser humano es sumamente complejo, hace falta conocerlo en sus más diversas versiones. El hombre brasileño es distinto al argentino o al europeo y merece su estudio. Seguramente ellos también quieren mejorar como raza, no puedo negarles esa posibilidad.
Lanza una carcajada, se sonríe y comienza a toser. Una tos seca pero intensa, lo hace repetidas veces. Toma el vaso de jugo de naranja y se lo termina de un trago. Acto seguido, saca del bolsillo de la camisa un frasco de pastillas, gira el cuerpo para ocultarse de la mirada ajena y la introduce en su boca.
-El paso de los años se hace sentir, pero me siento joven, eso es lo importante. Las pastillas sólo son por precaución, no las necesito…
Escribe con frecuencia en la libreta, no sin antes echarle un vistazo a su reloj de muñeca. El sol empieza a bajar y la luz se va pero el calor permanece. Se pone de pie para encender las luces principales, antes de volver a sentarse un espejo se cruza en su camino y lo hipnotiza. Practica varias poses observándose detenidamente, inspecciona su rostro, lo palpa.
-No soy ningún tipo de héroe… por el momento. Quién sabe qué pasara de aquí a unos años. No es mi objetivo principal, pero si así tiene que ser no me opongo.
Suena otra vez el timbre del teléfono ¿Cuándo volvió a conectarse? Josef es muy sigiloso cuando se mueve. Levanta el tubo y disminuye el tono de voz, la charla es extensa pero él apenas abre la boca.
-Tengo un compromiso esta noche, una cena. Conocí a un agradable hombre en un bar anoche, me invitó a conocer a su familia. Desde luego que acepté con gusto. ¿Podríamos terminar aquí? Necesito descansar un poco, mi cabeza tiene que funcionar al máximo en la cena.
Extiende su mano hacia adelante para concretar la despedida. Sale detrás de mí y se queda observándome desde el umbral de la casa, agita el brazo y esboza una sonrisa para un último saludo.
-¡Gracias por su visita!