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domingo, 16 de diciembre de 2012

Haga patria, que no se le revele la señora


Aproximadamente hace diez minutos me encontraba en el club del barrio con los muchachos, charlando sobre fútbol y pensando cómo hacer para que Luis se levante a la hija de Cacho, el dueño del club. Estábamos a punto de decidir cuál era el piropo más ganador para que le haga temblar las patas y caiga rendida en los brazos de nuestro amigo, pero en plena deliberación nos vimos interrumpidos por una ola de gritos provenientes de la calle. Pospusimos el voto para ver qué era lo que estaba pasando, asomamos la cabeza por el portón y vimos una banda de yeguas cortando la calle. Pedían por no sé qué derecho que no tenían por ser minas, en fin, una huevada.
Anda a lavar los platos. Le grité a una. Rajá de acá borracho infeliz, me contestó. Me ofendí y entramos con los muchachos a las puteadas devuelta para el club.
Cuando alguien se esfuerza por una causa justa y razonable suelo apoyarlo. Pero a veces surgen esos grupos, que por lo visto no tenían nada mejor que hacer, y se dedican a instalar debates innecesarios en la sociedad, sobre cuestiones que ya están resueltas ancestralmente y no precisan cambios. Por esta sencilla razón no logro entender a las feministas.
Feminista, palabra complicada, rara, ¿quién se anima a decir soy feminista? Es por eso que son un grupo reducido, sin peso y enteramente compuesto de mujeres. Pasando en limpio, podemos describirlas como un grupo de mujeres de diversas edades, amantes del aborto, que no consideran la prostitución como un trabajo digno, tienen como principal enemigo al hombre y no reconocen a la cocina como su hábitat natural. Las principales causas del origen de esta especie radican en el matrimonio, en simples y corrientes sucesos como: la infidelidad y la violencia tanto verbal como física. Resumiendo, es una cuestión de debilidad, todos sabemos que una verdadera mujer es capaz de tolerar  esto y más.
Mientras repasaba todo esto en mi cabeza, Luisito, invitó a un hotel a la hija de Cacho para pasar la noche, y la mañana si le daban las gambas. Así, seco. No es la opción que había votado yo, pero tampoco me disgustaba. La piba se negó, le dijo “desubicado”. “Si sos más fácil que la tabla del uno”, le gritamos desde la mesa. La piba se puso a llorar. Nosotros nos cagamos de risa y pedimos otra birra.
Volviendo a las feministas, no debemos dejar que nos laven la cabeza con sus ideas locas, eso es lo que quieren ellas, que caigamos en la trampa. Debemos refrescar nuestra imagen de las mujeres recurriendo constantemente a nuestro mejor amigo, la fuente de la verdad: el televisor. Con solo ver cinco minutos de publicidades podemos afirmar que no existe la mujer luchadora, solo es un mito. La verdadera mujer cocina para la familia, limpia la casa, cura a los hijos cuando se lastiman y los lleva a la escuela. Hace la prueba de la blancura con los calzoncillos del esposo laburador, va al mercado los días que hay descuento. Se queja cuando le viene la regla y se alegra cuando le regalas un paquete de toallitas, sus mejores amigas. Y esto va para los muchachos, una mina con todas las letras no te pide flores ni que la lleves a comer. Esa es una idea equivocada que instalaron las propias mujeres para confundirnos, pero no somos ningunos tontos, se sabe que se bajan los pantalones por un desodorante o  una cerveza fría.
 Luis volvió para la mesa haciéndose el enojado, pero la situación fue más grande que él, y soltó una carcajada. Dijo que las cosas no iban a quedar así, hoy pensaba agarrar el auto a la noche y salir de levante. El viejo truco del auto, ninguna piba se lo resiste, con tal de que las lleven hacen cualquier cosa, entre los hombres el que no corre, vuela. Luis es casado, tiene dos pibes chicos, por eso lo advertimos. Le dijimos que no pague un telo muy caro, que no gaste mucha nafta, que deje algo de guita en la casa. Los hombres también tenemos que hacer autocrítica, cuando una mujer se vuelve feminista es porque la dejaste de mantener, porque no se pudo comprar más corpiños e ir a la peluquería cada tres horas. Pero sabemos que nuestro amigo es terco e iba a reventar la billetera en una noche. Hicimos una vaquita y le dimos para que le dé unos mangos a la señora. No íbamos a contribuir a que sigan creciendo las yeguas rompe pelotas.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Ensayo sobre la palabra "alumno"

Alumno”,  vocablo supuestamente formado por la unión entre el prefijo “a” y una derivación de la raíz “lumen, luminis” que es “lumno”. En la lengua helénica, “a” significa sin, mientras que en latín la raíz “lumen, luminis” es luz. Siguiendo esta lógica, la palabra “alumno” significa etimológicamente “sin luz”, vacío, incapaz, hueco; algo que necesariamente deberá ser activado por una fuerza externa. Bajo esta idea, difundida pero equivocada, la ideología de la enseñanza encuentra un argumento demasiado tentador para invocar al dios del verticalismo absoluto. El rol pedagógico queda aprisionado en esta cárcel, detrás de los barrotes que señalan el límite del alumno respecto a su propia condición: la de ser un sujeto sin chispa. El mito circula por los pasillos, por las aulas, por los textos e inclusive se hace presente en cualquier conversación cotidiana. Este “error”, más del orden de lo causal que de lo casual, construye una idea de estudiante que legitima la exacerbación del profesor ante un individuo que no es nada ni nadie, solo un cuerpo desprovisto de posibilidades y capacidades y que se encuentra perdido, en la nebulosa del conocimiento otorgado verticalmente, pero buscando el botón que ilumine su recinto mental.  ¿Será entonces la acción de recibirse el momento en el que los “sin luces” encuentran en algún lugar de su mente ese botón y deciden prenderlo de una vez por todas? De un día para el otro, esas supuestas carencias intelectuales quedan en el olvido y se transforman en anteriores a la condición de “graduado”. Porque el alumno o “sin luz” ya no es más un alumno cualquiera, sino que pasa a ser un “ex alumno”, un “ex sin luz”. Interesante agregado que no es para nada accesorio ya que el prefijo “ex” agrega la dimensión temporal y significa “que fue y ya no es”. Las personas, cuando son designadas bajo este símbolo del antes y el después, se miden por la diferencia entre lo que son y lo que fueron, el límite lingüístico vuelve evidente una situación mitad real, mitad imaginaria. Para muchos es el haber recibido un título lo que marca la diferencia entre haber prendido esa luz o permanecer en la oscuridad. Pero lo peligroso no es reconocer el límite, sino ver a ese límite como una transformación real, como alguien que dejo de ser algo y ahora es otra cosa. El “error” circula impunemente por el mundo académico y se manifiesta ya desde la ideologización de la etimología de la palabra. No se trata de una formación construida a partir de la unión entre un prefijo y una raíz derivada, sino que es una palabra afijada que encuentra su origen en “alumnus”, que en latín significa “discípulo”. El sustantivo “lumen” no forma parte del vocablo “alumno”, como así tampoco el prefijo “a”. Ahora, el problema radica en investigar e indagar sobre la etimología de la palabra “alumnus”, ya habiendo descartado la concepción que extrae del aprendiz su capacidad reflexiva y crítica. “Alumnus” proviene del sustantivo “alére” en latín, que significa “alimentar” y del cual también se deriva “alo, alui, alitum” que quieren decir nutrir, cultivar, educar, entre otras cosas. El alumno es alguien que se alimenta y que se nutre de conocimiento y herramientas necesarias para desarrollar y cumplir las tareas que le requieran. No de casualidad, las universidades figuran como “alma mater” del graduado, como madre nutricia. Si bien también sería impensado decir que el profesor sabe lo mismo que el alumno, es equivocado creer que el pensamiento se desarrolla luego de haber adquirido un título o de haber cursado una carrera universitaria. El alimento intelectual se construye dialécticamente en una relación de aprendizaje. El profesor ya no es la fuerza externa determinante para el nivel de análisis o la capacidad del alumno, lo obligatoriamente necesario para encender su chispa, sino un colaborador en la formación de este, promotor de su reflexión y su interés sobre los asuntos que se trabajen. Por otra parte, podríamos decir la construcción conceptual “ex alumno” adquiere nuevos sentidos. Ya no se trata de una persona que ha logrado encontrar su capacidad y que se ha reconciliado con su ser pensante, sino más bien se trata de alguien que ha dejado de alimentarse de una fuente particular, como es la universidad, la escuela, etc. La distinción ayuda a desestructurar el argumento que convence a muchos profesores, y a algunos alumnos también, de que los estudiantes son jóvenes inmaduros con respecto a sus decisiones y a las posturas que puedan adoptar dentro y fuera de una clase universitaria. Ideología y uso del lenguaje se acoplan como carga y vehículo. Uno transporta al otro y, si no se discute, la pulseada la gana la idea y no la crítica a ella. Este es solo un ejemplo, pero definitivamente no es el único.

De los autoservicios chinos



     Higiénicamente hablando, existen tres tipos de personas: las que son extremadamente limpias, las normales y las roñosas. Siguiendo con esta línea, pero cambiando radicalmente de objeto, los supermercados se dividen en dos grandes grupos: los que se muestran como prolijos y limpios y, caminando por la góndola opuesta, los supermercados chinos.
     Estos autoservicios son sinónimo de desorden, desprolijidad, mugre y peligro. Peligro , por ejemplo, de morir envenenado o intoxicado a causa de una manteca que había perdido la cadena de frío o que, como comúnmente suele suceder, esta vencida. Peligro, también, de contagiarse de rabia a causa de la mordedura de una inmunda rata, o de infectarse de tétanos por motivo de una cortadura.
     Una de las peores amenazas, sino la peor, a la hora de entrar a un autoservicio de esta índole, es la estafa. Sus dueños hacen de de la frase “no entendo” su arma principal de convencimiento. Los empresarios asiáticos son verdaderamente intuitivos y no necesitan muchas señales para comprender el peligro de una situación y comenzar a utilizar su muletilla defensiva que les permitirá cansar al consumidor. Como curiosa contraposición a la “poca relación con la lengua española”, los dueños de los supermercados (porque siempre atienden los propietarios las cajas, jamás son capaces de conceder tamaña responsabilidad ni al más profesional de los banqueros) son verdaderos expertos a la hora de devolver el vuelto. Estadísticamente hablando, los chinos son más precisos que un neurocirujano y  tan sabios como un catedrático a la hora de dar el vuelto, confundiéndose en menos del 0,001% de las situaciones.
     A pesar de que ya se han enumerado una gran cantidad de desventajas que caracterizan a los super chinos, aún existen otras. Más que conocido es el vinculo existente entre los autoservicios y la hollywoodense “Mafia China”. Los noticieros son elocuentes y con gran asiduidad aparecen noticias de tiroteos en supermercados chinos. Como resultados de esos enfrentamientos que parecen desatar la furia de los dragones asiáticos obtenemos gente secuestrada, muerta y, también, el supermercado clausurado. El riesgo de morir en estos tipos de supermercados es altísimo Por otro lado. imaginar la posibilidad de resultar erróneamente secuestrado por la mafia me genera pánico. ¿Cómo explicarle a los chinos que no tengo nada que ver y que sólo estaba comprando? ¿Me entenderían? ¿O terminaría a la vera del riachuelo a causa de nuestras deficiencias comunicacionales? ¿Serían mis ojos la cabal evidencia de mi inocencia? La sola idea es terrorífica.
     Como si fuera poca la cantidad de mugre y suciedad que alberga un supermercado chino, los empleados y los dueños duermen dentro del mismo. Como lo leíste. Es una vivienda y a la vez una empresa. A simple vista, existen ventajas tentadoras. Primero, la cercanía al trabajo, lo que evita gastar dinero en viáticos y padecer viajes epopéyicos. En segundo lugar, la cantidad de impuestos que se pagan es menor, desde el impuesto municipal, que es solo para una propiedad, hasta los más comunes que incluyen importantes descuentos si hablamos de una empresa. A pesar de los pros, los perjudicados en esta situación, como siempre, son los consumidores. Es una obviedad aclarar que en ese lugar donde los chinos trabajan, también cocinan, se asean, se acicalan y hasta se reproducen.
     Ahora bien, si hay algo que reconocer en el ámbito de la cultura asiática, es la generosidad. Existen sobradas evidencias de que estas sociedades trabajan en un contexto de solidaridad y colaboración permanente. Para nuestra fortuna, los chinos rioplatenses no son la excepción. Existe una nueva modalidad de trabajo en los supermercados chinos que es relativamente reciente y está en pleno proceso de expansión. En una transparente muestra de hermandad con el pueblo latinoamericano, los chinos han decidido trabajar en sociedad con nuestros vecinos bolivianos, insertándolos en el sector de verdulería y frutería para, de este modo, conseguir la expansión de sus horizontes y, como objetivo camuflado, buscar que la adaptación y la aceptación sea más rápida y pase desapercibida por los habitantes. Es inevitable pensar que el proceso de expansión de la cultura asiática seguirá desarrollándose. Para reafirmar esta suposición, existen mixturas culturales que parecen más que viables: por ejemplo, una combinación con el pueblo paraguayo, colocando servicios de albañilería en cualquier supermercado. Por otro lado, quizás no tan legal y digno como el proyecto anterior, se podrían poner puestos clandestinos de distribución y consumo de droga, en sociedad con nuestros hermanos colombianos. Las posibilidades son varias.
     La República Popular China cuenta con una población aproximada de 1.400.000.000 de personas. Está liderando el ranking mundial de población y las grandes urbes de la segunda economía mundial ya están totalmente saturadas. Es así, que intentando regular la situación poblacional de las ciudades, los gobernantes chinos han impulsado una política de emigración que ya ha involucrado a varios países de todo el mundo. Para nuestra desgracia, uno de ellos, es Argentina. Los chinos son la plaga nacional del siglo XXI. Sin ir más lejos, hay alrededor de cinco supermercados de origen oriental rondando cerca de mi casa. Ya casi no existen variantes. Están los chinos y los chinos.
     Dicho esto, creo que lo próximo que hay que hacer, es tomar medidas para controlar el avance de estas personas. El tiempo será el encargado de decir cuáles son las posturas de los chinos con respecto al futuro. Por lo pronto, cada vez son más y más.  En un momento histórico donde las libertades nacionales se encuentran en total discusión y cuestionamiento, creo que este ensayo es una pequeña contribución a intentar proteger un derecho que involucra a la totalidad del pueblo argentino: el derecho a elegir libremente el supermercado en el que queremos comprar.

lunes, 1 de octubre de 2012

Las cenizas del monstruo


La habitación es pequeña y tosca pero impacta por su pulcritud. El blanco brillante de las paredes y el piso contrasta con el paisaje que se cuela por la ventana: un mar de casas precarias de colores y formas diversas que tapizan el morro brasilero que las sostiene.

En una silla, tan alejada de la ventana como lo permite el ambiente, Josef Mengele, un hombre arrugado, se resguarda del sol. No es de lo único que escapa, hace años que es fugitivo de la justicia internacional por experimentar con judíos y torturarlos en el campo de concentración alemán de Auschwitz.

El hombre toma una manzana de la frutera y la examina durante unos segundos. Su mirada se transforma y esboza una sonrisa macabra antes de tirarla con odio, incluso asco, al tacho de basura. “Tenía unas manchas”, expresa en lo que parece una explicación, “estoy harto de recordarles que no voy ingerir alimentos defectuosos, es intolerable, en aquellos tiempos un error así…”, continúa ensimismado y resulta evidente que nunca sintió la necesidad de justificarse.

Contestará las preguntas desde el mismo lugar, convencido de sus acciones, como si ya hubiera repetido una y mil veces las respuestas en su mente. Se abstendrá de mirarme durante la charla, sólo lo hará al final de la entrevista con una visión analítica y una minuciosidad  escalofriante, la misma con la que durante años escudriñó los cuerpos de sus víctimas, a quienes desarmaba con los ojos para determinar si servirían para experimentar, trabajar o morir.

-Mi labor era seleccionar a los judíos que eran aptos para trabajar, cuando llegaban los contingentes yo señalaba quienes irían al campo de concentración y quienes tomarían otro destino- explica y agrega que no le gustaba su tarea, pero por las razones equivocadas.

-No era placentero estar rodeado de tanta impureza racial, observar diariamente tanta deformidad me alteraba, pero me sirvió para afianzar aún más mis convicciones y darme cuenta de cuán acertado era el Nacional Socialismo con respecto a la superioridad racial de los arios.

No obstante los ojos se le iluminan cuando habla de su laboratorio.

-Allí dentro era distinto, ese departamento era mi mundo, tenía tantas herramientas para trabajar ¡cuántos sujetos de investigación!,  tal era la abundancia que hasta podía mandarle algunas muestras de la deformidad judía a Hitler, fue una desgracia que me tuviera que ir.

Mengele, firme a su convicción de que la raza aria era la mejor y no debía mezclarse con otras por el bien de la humanidad, dedicó sus investigaciones a descubrir la forma de lograr una “pureza” racial, ya sea eliminando a las otras por medio de enfermedades específicas o transformando a los impuros.

Con estos objetivos intentó aclararles el pelo y ojos a numerosos prisioneros inyectándoles variedad de sustancias sin más resultado que quemaduras, reacciones muy dolorosas e incluso la muerte de las víctimas.

Y si bien nunca dejó de estudiar seres humanos, como consta en sus cuadernos de notas, sus bienes más preciados, que dan testimonio de sus estudios con gemelos en Latinoamérica y contienen dibujos, medidas y dosis de diversas drogas que les fueron aplicados, no está conforme con su obra.

-En mi caso, me temo que no se puede hablar de éxito, logré identificar numerosas variedades raciales así como diversidad de tipos de cabello pero no pude descubrir la forma de erradicar rápidamente a las otras razas. Me resulta imposible con tan pocos recursos y apoyo político llegar a conclusiones confiables. Es una pena que se haya puesto de moda esta blasfemia de la igualdad interracial, todos los estados se verían muy beneficiados si se limpiara la especie.

En cuanto a su futuro el porvenir no se le presenta esperanzador aunque no llega a comprender por qué.

-En el camino de mi vida no queda mucho por delante, mis seres queridos me han dado la espalda a pesar de todo lo que hice por lograr un mundo mejor para ellos. Como todos los genios, soy un incomprendido.  No puedo esperar el rencuentro, mi única esperanza es que quizás alguno, mi hijo al menos, asista a la reunión final, no seré testigo de ella pero me gusta pensar que vendrá.

Su mayor tormento es la soledad.

-Han cazado a mis amigos como a ratas- afirmará melancólico antes de hundirse nuevamente en un silencio profundo.

El sol se esconde detrás del morro. El hombre se pierde en la penumbra de sus recuerdos, sus ojos escudriñan la oscuridad, su mente vaga por otros tiempos y geografías. 

martes, 18 de septiembre de 2012

La mujer de la mirada apagada


Creer en el amor a primera vista no me resulta disparatado,  el hecho de que una persona dirija su mirada un instante, por más efímero que sea y quede cautivado por una figura, es completamente familiar. Exactamente eso me sucedió a mí, un enamoradizo sin fronteras, que daría todo por aquello que más quiere, con un solo motivo: saciar esa incontenible sensación que aborda al hombre por dentro y lo envuelve en un halo de desesperación que todos llaman deseo. No soy un gran escritor, esta debe ser la primera vez que escribo, pero la situación lo amerita. Intentaré hacerlo de la mejor forma posible, para que se entienda por lo que estoy atravesando. Ya han pasado cinco días desde que me encerré en el armario, no sé si volveré a salir, no sobreviviré sin comida ni agua, pero lo que me interesa contar es cómo llegué hasta esta situación tan trágica.
Toda mi vida he sido un amante del arte, y no solo por mi situación económica (mucha gente adinerada ingresa forzosamente en el mundo del arte sólo por el prestigio que otorga), realmente me apasiona, disfruto cada minuto que paso contemplando una pintura. Si tuviera que imaginar un paraíso seguramente estaría repleto de cuadros, esculturas y un conjunto de arpas endulzándome los oídos. Pero no quiero perder tiempo con ilusiones y vaguedades, basta con que sepan que amo el arte y es mi gran obsesión.
Lo que realmente importa es lo que viene a continuación, presten suma atención. Yo me encontraba en una de mis tantas visitas mensuales al Museo Nacional, lo conocía de memoria, nunca había nada nuevo para ver pero caminar sus pisos de mármol me reconfortaba el alma. Y aquí viene lo interesante. Entré al salón que se encontraba en el ala derecha, eché un vistazo general a las paredes (no es uno de mis salones preferidos, pero tiene cierto encanto) y algo se encontraba fuera de lugar. Podía notarlo pero no sabía qué exactamente así que me tomé el trabajo de mirar fijamente cada obra que colgaba de las paredes buscando a la intrusa. Finalmente la encontré, casi omnipotente al lado de una obra realizada por un artista sueco, era ella, mis ojos no creían lo que veían. Las lágrimas no tardaron en aparecer y la boca me temblaba mientras se me dibujaba una sonrisa que dejaba ver mis dientes, era la más pura de las felicidades. Tantos años buscándola, viajando, recorriendo museos y ahora estaba frente a mí, aún no entiendo como no me desmayé en ese preciso momento.
Era, a mi parecer, la más hermosa pintura que se ha visto, cautivadora, fina, de vanguardia,  sencillamente magnífica. Su creador, que por cierto mantenía el anonimato,  la había bautizado como “Tristeza en Hamburgo” pero a mí me gustaba llamarla “La mujer de la mirada apagada”. Conocí este cuadro en uno de mis viajes a Alemania,  mientras miraba un catálogo en una exposición de artistas universitarios, pero esa también es otra historia que no hace falta mencionar ahora.
Sin duda me dirigí al dueño del museo y le hice una oferta que, por la expresión de su cara, no dudo en rechazar. Estaba sacrificando los ahorros de toda mi vida, una parte de mi cuerpo se lamentaba pero sabía que era lo correcto. Y la otra se regocijaba de alegría ante el drama. Regresé a mi casa con la pintura bajo el brazo cual trofeo de guerra. Hacía años que había decidido el lugar que ocuparía, el espacio estaba ya reservado. Colgué el cuadro en el salón comedor para que estuviera a la vista en caso de visitas, de esta forma todos podrían admirar su belleza.
Los primeros días fueron utópicos, los pasaba parado observándola, sólo le quitaba la vista cuando parpadeaba. Ya tenía su imagen grabada a la perfección, cada centímetro, cada detalle. Los trazos eran precisos, los oleos elegidos exquisitos y los pinceles que se usaron para darle vida fueron los correctos. La figura de la mujer no tenía ningún defecto, su piel era pálida pero no llegaba a ser blanca, sus manos estaban detalladamente confeccionadas y su cuello: largo y fino como un cisne. El busto tenía la talla adecuada, los labios: finos como dos hilos rosados y las comisuras de la boca se encontraban levemente inclinadas hacia abajo. La nariz era un poco grande para una mujer, pero no se veía fuera de lugar en su rostro, sus orejas eran pequeñas y parecían ser frágiles, cada rasgo había sido seleccionado cuidadosamente. Sin embargo los ojos estaban tristes y eso era lo que captaba mi atención, pasaba horas imaginando su vida, ¿cuáles serían sus penas y dolores?
Con el paso de los días decidí que ya era hora de volver a moverme por el resto de la casa. Pero me encontraba frente a un gran dilema, si bien no podía quedarme quieto de por vida tampoco podía dejar de admirar la pintura. Por lo tanto gasté el dinero que guardaba sigilosamente para cubrir los gastos de mi funeral en realizar varias copias de la original, las distribuí por la casa para así estar siempre con ella. Ahora no sólo tenía una en el salón comedor, sino que había una en el baño, en el dormitorio, en la sala de lavado y en cualquier habitación de la casa que se les ocurra. Estaba encantado, de sólo pensar que donde fuera tendría la posibilidad de observarla, mi felicidad se asemejaba a la de un niño en la víspera de Navidad.
Pero aprendí que ninguna felicidad es eterna, y menos si el júbilo es producido por algo que busca resaltar lo contrario. De un momento a otro pasé de estremecerme frente a la pintura, a temblar con sólo saber que compartíamos la habitación. Confieso que he llegado a olerla por varios minutos, la fragancia que expelía me excitaba por algún motivo que desconocía, hasta me avergüenzo de contar que repetidas veces lamía los marcos sintiendo por dentro como se levantaba un infierno, cuyas llamas eran incontrolables. Luego, desde la “transformación” (así es como denominé al extraño suceso) todo se tornó oscuro y deprimente. Los cuartos estaban fríos y habían perdido su color, podrá parecerles una exageración, pero les aseguro que las flores se marchitaban si estaban en las cercanías del cuadro. Las paredes se cubrieron de un asqueroso moho y las telarañas aumentaban considerablemente de tamaño, cualquiera podría decir que la casa estaba abandonada. Todo estaba cambiando, los cristales se volvieron opacos, el piso crujía con cada paso, en el techo empezaban a resaltar los manchones de humedad y el polvo ya pasaba a formar parte de los muebles. No sólo la casa sufrió la metamorfosis, con esto quiero decir que yo no quedé indemne. Últimamente ya no podía controlar mis emociones, cualquier situación servía como detonador para producirme un llanto desgarrador, ese sentimiento de felicidad que alguna vez se había tornado amo de mi cuerpo, se marchaba junto con la pulcritud del hogar.
 Esa mujer, encerrada en la pintura, transformó mi casa por completo, la arrastró a las tinieblas de las que ella era parte. No soportaba verme feliz frente a su desolación y decidió que tenía que sufrir con ella. ¡Oh! Y qué manera de sufrir la mía, no podía caminar tranquilamente por mi casa, a donde iba ella ya estaba ahí, mirándome con desprecio, ¿cómo escaparle?, ¿cómo deshacerme de ella si no me atrevía a tocarla? Los últimos días me limité a manejarme sólo en una habitación, la única que tenía una gran iluminación y en comparación con las otras, era tolerable. Evité el contacto visual y me mantenía alejado del cuadro, sólo me sentaba y esperaba que las horas pasen, la casa estaba subordinada al silencio.
Lo que relataré a continuación podrá parecerles una alucinación o un simple delirio, pero no lo fue, puedo jurarlo, todo pasó realmente. La mañana de mi último domingo fuera del armario, disfrutaba de una larga siesta cuando fui interrumpido por un llanto desmesurado. Abrí los ojos lentamente y del susto los volví a cerrar. No podía creer lo que estaba sucediendo, la mujer había abandonado el cuadro y caminaba por la casa desparramando lágrimas por todos lados. Me acerqué a ella y sin tocarla apenas, pude ver en su rostro una incipiente sonrisa. Verla llorar de esa forma, sentir su presencia cara a cara, me hizo comprenderlo todo. Ella no soportaba vivir dentro de ese cuadro, ese era el verdadero motivo de su infelicidad ¿y quién era yo para condenarla a ese inmenso castigo?
Como ya podrán deducir, decidí esconderme en el armario, donde apenas puedo moverme. Le entregué todo lo que tenía, la mujer necesitaba un lugar para ser libre, y quizás en mi afán por sentirme un héroe incluso en la derrota, sacrifico mi vida para que ese lugar, sea mi casa. Quién sabe, incluso quizás sigo enamorado de esa pintura y soy capaz de darlo todo por ella, quién sabe.

Perfil Josef Mengele


La vida del fugitivo no es apta para cualquiera, muchos desistirían al poco tiempo de saber que alguien sigue tus pasos y no se detendrá hasta encontrarte. Es de suma importancia aprender a convivir con esa presión, hacerla parte de la vida diaria; naturalizar el hecho de tener más de un nombre, varias nacionalidades, muchos hogares; a entender que las amistades son pasajeras y no hay lugar para el afecto, sólo puedes enfocarte en tu persona y concentrarte en el hecho de estar solo frente al mundo.
Hay una persona que conoce bien el oficio, sigue al pie de la letra las reglas y sabe jugar este juego.
Lo han corrido de Alemania para Argentina, de Argentina para Brasil. Se burla de sus cazadores demostrando astucia e inteligencia. En este momento, por ejemplo, se refugia en una pequeña casa, muy acogedora, ideal para una persona sin compañía. Tres habitaciones, cocina a garrafa, una televisión que por lo menos acumula veinte años de antigüedad. No quedan rastros de barniz en los muebles, las paredes reclaman a gritos una mano de pintura y el techo esta descascarándose, pero a pesar de todo el ambiente no pierde su armonía.
 Las aspas del ventilador de techo cortando el aire es el único sonido que se percibe en la sala. Las ventanas facilitan la invasión solar de la mañana, no es un día muy caluroso pero la humedad impone su presencia. Josef sale de su cocina con dos vasos de lo que parece ser jugo de naranja, se sienta en una silla de mimbre y limpia los gruesos vidrios de sus lentes. Saca un cigarrillo y lo prende con dificultad, el temblor de sus manos es un pequeño indicio de su vejez. Toma una pequeña libreta que hay sobre la mesa, moja la punta de un lápiz con la lengua, mira su reloj y hace una breve anotación rápida. Parece que no seré el único que se lleve información.
La televisión está encendida pero nadie la observa, el presentador del canal de noticias habla pero no es escuchado. Por la cercanía de la casa a la calle, el pasar de los autos genera un bullicio urbano que dificulta la charla. La temperatura parece subir cada vez más y unas pequeñas gotas de sudor descienden por la frente de Josef.
-¿Le molesta si prendo un ventilador de pie? Aun no puedo acostumbrarme a este clima…
Sólo hace un par de semanas desde que dejó la Argentina y vino a parar aquí, la casa está vacía, cualquiera podría pensar que está deshabitada.
-No quiero desarmar mis valijas, nunca se sabe cuándo habrá que salir de viaje nuevamente.
El teléfono suena pero Josef parece ignorarlo, el timbre se corta, pasan unos segundos y comienza otra vez. Sigue fumando como si nada pasara, finalmente se levanta y arranca de un tirón el cable del aparato.
 -Recibo llamadas todos los días, pero no las contesto. No puedo confiar en nadie, mi situación es un tanto delicada ¿Entiende usted? Si alguien de verdad me necesita, conoce los horarios en que debe hacer la llamada.
Parece ser que a pesar de todas las precauciones no se priva de andar por la calle como un ciudadano más, sobre la mesa de la cocina se pueden observar unas bolsas de supermercado repletas de artículos de limpieza, comida y bebidas alcohólicas.
-La limpieza es primordial, no soporto la suciedad, me provoca nauseas. Por supuesto que salgo de la casa, necesito tener contacto con la gente. Si dejara de hacerlo perdería el buen ojo y mi carrera llegaría a su fin.
Va hasta la cocina, inspecciona una de las bolsas y saca de su interior una libreta muy similar a la que dejó sobre la silla de mimbre. Regresa a la sala, camina lentamente como si el tiempo fuera eterno, larga un suspiro y vuelve a sentarse. Abre la pequeña libreta, está repleta de anotaciones: cuerpos dibujados, oraciones tachadas, textos breves y complejos.
-Cada nuevo destino es una oportunidad para incrementar el conocimiento. El ser humano es sumamente complejo, hace falta conocerlo en sus más diversas versiones. El hombre brasileño es distinto al argentino o al europeo y merece su estudio. Seguramente ellos también quieren mejorar como raza, no puedo negarles esa posibilidad.
Lanza una carcajada, se sonríe y comienza a toser. Una tos seca pero intensa, lo hace repetidas veces. Toma el vaso de jugo de naranja y se lo termina de un trago. Acto seguido, saca del bolsillo de la camisa un frasco de pastillas, gira el cuerpo para ocultarse de la mirada ajena y la introduce en su boca.
-El paso de los años se hace sentir, pero me siento joven, eso es lo importante. Las pastillas sólo son por precaución, no las necesito…
Escribe con frecuencia en la libreta, no sin antes echarle un vistazo a su reloj de muñeca. El sol empieza a bajar y la luz se va pero el calor permanece. Se pone de pie para encender las luces principales, antes de volver a sentarse un espejo se cruza en su camino y lo hipnotiza. Practica varias poses observándose detenidamente, inspecciona su rostro, lo palpa.
-No soy ningún tipo de héroe… por el momento. Quién sabe qué pasara de aquí a unos años. No es mi objetivo principal, pero si así tiene que ser no me opongo.
Suena otra vez el timbre del teléfono ¿Cuándo volvió a conectarse? Josef es muy sigiloso cuando se mueve. Levanta el tubo y disminuye el tono de voz, la charla es extensa pero él apenas abre la boca.
-Tengo un compromiso esta noche, una cena. Conocí a un agradable hombre en un bar anoche, me invitó a conocer a su familia. Desde luego que acepté con gusto. ¿Podríamos terminar aquí? Necesito descansar un poco, mi cabeza tiene que funcionar al máximo en la cena.
Extiende su mano hacia adelante para concretar la despedida. Sale detrás de mí y se queda observándome desde el umbral de la casa, agita el brazo y esboza una sonrisa para un último saludo.
-¡Gracias por su visita!