domingo, 26 de mayo de 2013

Imprevisible


Salí temprano. El andén a esa hora me parecía ajeno. Constitución me dio la sensación de las cosas ya conocidas, pero que bajo otra luz parecen extrañas. Escuché el sonido de las ruedas golpeando los rieles y me apuré. Los vagones, despoblados, se veían mucho más lamentables. No tardé en encontrar el tercer asiento vacío.
Enfrente una mujer leía una revista. El vidrio estaba empañado y en el asiento de al lado alguien había olvidado una agenda. La tomé y la mujer siguió con su lectura. En verdad no quería que fuese de ella, así que omití interrumpirla con preguntas.
Bajé en la estación de Banfield con la agenda en la mochila. Caminé unas cuadras frías y llegué a casa. Me esperaba una pila de platos sucios y ninguna otra cosa. No quise abrir la agenda y matar la incertidumbre. Quizás eso podía hacerme sentir un poco más vivo, un poco menos solo. Me entusiasmaba pensar que tenía en mis manos algo que otra persona buscaba. Restituirla y convertirme en una especie de héroe absurdo.
Me reí y tiré la agenda en la mesa. Escuché el silencio que había quedado después de la risa y el golpe seco.
Empujé las cosas que había en el sillón y me acosté. Miré la agenda desde lejos, su tapa gris inmaculada.
Empecé a imaginarme el mundo que podía contener. A jugar con sus lugares, con las breves historias de sus hojas. Me olvidé de mis problemas para concentrarme en los de un completo desconocido.
Pasé las horas construyendo al dueño ideal, escapándome de mis preocupaciones.
Imaginaba una mujer que leyera libros en viajes de colectivo, que juntase platos sucios. Que anotara ideas sueltas, desordenadas como yo. Algo demasiado anárquico para alguien que lleva agenda.
Me decepcionó entender que quizás la dueña sería dueño. Que probablemente llevase una vida metódica, previsible, estructurada como las que jamás entendí.
Miré por la ventana, el cielo recobraba su color. Tomé unos mates y salí para Constitución.
Iba por el andén buscando caras y subí al tren.
Caminé hasta el tercer asiento. Al lado de la ventana empañada dejé la agenda. La dejé tal como me había encontrado.

martes, 21 de mayo de 2013

Reflexiones*


        Solía aburrirme en mi pueblo, deseaba con impaciencia el día en el que por fin pudiera dejarlo atrás y partir hacia el vértigo de la ciudad. Cuando eso pasó, fue tan grande mi emoción que pasé meses enteros sin querer notar la realidad. Había en mí, perdida en las profundidades, una molestia, una pequeña voz que murmuraba sin ser oída. Los días pasaban y al ver que era ignorada fue elevando su volumen hasta convertirse en un grito desesperado, imposible de callar. Quería que al menos lo admitiera, le diera la razón aunque fuera en voz baja. Extrañaba mi casa. Sentía nostalgia por mi pueblo. Me arrepentía de haberme ido de esa manera, de haber cruzado el río y quemado el barco.
Mi orgullo sufrió un golpe brutal, todas mis esperanzas e ilusiones se desmoronaron y dejaron paso al desconsuelo. Una vez que la resignación me cubrió por completo cambié mi estado a automático y dejé que la rutina fluyera. Iba a la facultad, cumplía con mis obligaciones. Iba al trabajo, cumplía con mis obligaciones. Cuando las cuentas dejaron de cerrar y las facturas se fueron acumulando, abandoné los estudios y dupliqué mi horario laboral. Trabajaba en una oficina por la tarde y en un bar por la noche. Los días pasaban grises y monótonos mientras me iba trasformando en alguien triste, sombrío y solitario.
La gente que había conocido hasta entonces dejó de hablarme. Al principio saludaban, hacían algún  gesto cordial desde la distancia. A medida que mi metamorfosis fue haciéndose más y más evidente comenzaron a ignorarme. En contadas ocasiones volví a cruzármelos en la calle, entonces desviaban la mirada y casualmente, esa vereda ya no les complacía. Lo entendía, hasta me parecía una decisión inteligente dado el contexto. Fue en esa época en la que también dejé de mirarme en los espejos. Deseaba evitar mi imagen reflejada ya que estaba seguro de que vería lo que a los demás atemorizaba y repelía, y peor aún, que me agradaría.
Después de años llegué a una conclusión: no importa de quién estemos hablando, no importa el empleo que hayas conseguido, el barrio en el que vivas, que conduzcas un último modelo o soportes el transporte público diariamente. Buenos Aires condiciona todo el resto. Actúa como una especie de sombra que inevitablemente avanza sobre vos, irrefrenable, y va oscureciendo cada aspecto positivo, cada pequeña alegría o placer cotidiano.


*Relato inspirado en la lectura de la novela Salvatierra de Pedro Mairal

sábado, 11 de mayo de 2013

Fugaz*


Lo oscuro de su piel nos servía para camuflarnos en la noche, la suya y la mía se fusionaban ocultándonos perfectamente. Escondidos entre arboles y penumbras, fueron pocas las veces que nos encontramos. Un pasar negro para quien desde afuera opina. Desde mi punto de vista, pocas veces alguien debe haber brillado como nosotros al contactarnos.
                Luego de cada encuentro cruzaba el charco, volvía a casa y a la rutina, a la realidad. Las responsabilidades desgastaban el resplandor en mi alma. Cada vez que volvíamos a vernos, la luz que proyectábamos aumentaba. Se reproducía en la luna, en las estrellas, reflejándose en el inmenso río cada vez más cerca del otro lado. Lo oscuro de su piel ya no nos servía para escondernos, todo se tornaba cada vez más evidente.
Emitía tanta luz como una de esas estrellas que pasa cada años, un cometa encendido que se ve pocas veces en vida. Tuve la suerte de ser receptor de tan enorme espectáculo, espectador único de la belleza prendida fuego.
Pero las estrellas fugaces tienen tanto de épico como de pasajero. Se dice que al ver una, uno debe estar atento, ser rápido para pedir deseos. No me creerían si les contara la cantidad de veces que rendido frente a ella deseé tenerla para toda la vida.
Me dejé estar. Confié en su estelar magia en vez de ocuparme yo mismo de retenerla para siempre. O tal vez fue cobardía. No pude darme el lujo de dejar un poco de lado las responsabilidades, no me animé.
  Dejarla sola a la deriva me dejo solo a mí también. Siempre la recuerdo por el brillo en su sonrisa, la claridad de las palabras. Y yo no era participe de esa luz, vivía solo en ella, era demasiado para mí al fin y al cabo.
Volví a mi vida normal sin despegarme jamás del recuerdo. Cada vez que creo ver asomarse por la noche alguna fugaz estrella bajo la mirada. Su resplandor encandila mis sentidos. No puedo mirarla como no pude mirar los ojos de ella el día que partí.
                En parte, también, puedo sentirme traicionado. De las incansables veces que lo deseé frente a ella, jamás lo cumplió.
Comprobé así que aquel cuento de las estrellas mágicas es tan solo un mito. Y tal vez ella también fue un mito, de esos inmensos, imposibles de olvidar. 

*Relato inspirado en la lectura de la novela Salvatierra de Pedro Mairal

Vivir el río*


Desperté sudado y agitado. La madrugada era aún más noche que día. Pude haber estado dormido horas, tal vez días, tal vez años o décadas. Sentía en mí el pesar de un recuerdo tormentoso, confuso. Parecía allí, uno de los tantos pescadores borrachos que acostumbran finalizar sus largos días intentando apaciguar sus pesados sueños, sus prolongadas pesadillas, acurrucándose en el pecho del río, como un niño con su padre.
Pero yo no era ningún borracho, ni mucho menos pescador ¿Cómo alguien puede dedicarle la vida misma a una simple acumulación de agua? ¿Cómo se puede ver pasar la vida entera como si fuera el nado de un pez insulso, sin objetivos, sin metas? Siempre agradecí no haber heredado esa inútil pasión de mi padre. Siempre valoré, como uno de los aciertos más grandes de mi vida, el hecho de haber tenido la voluntad suficiente para huir de ese destino mediocre en busca de verdaderos objetivos.
La noche era oscura como pocas veces vi. Las estrellas parecían haberse apagado para la ocasión y la luna, en su más remoto cuarto creciente, se reflejaba apenas sobre el agua. La arena metida en mi nariz me impedía respirar normalmente  -de hecho creo que esa fue la verdadera razón de mi despertar-, pero el olor putrefacto que arrastraba el frío viento de playa ingresaba igual por mis orificios nasales desplegándose por todo mi interior, haciendo retorcer cada uno de mis órganos. Jamás había sentido un olor similar, era como la muerte hecha sentido.
¿Y qué hacía yo ahí entonces?  ¿Cómo podía yo encontrarme en ese estado? Un escribano de ciudad que había venido a visitar su pueblo natal tan solo para resolver algunas cuestiones de su padre muerto, ahora se encontraba despertando a orillas del río en plena madrugada sin saber cómo, por qué ni cuándo, había llegado allí.
Decidí incorporarme entonces. Me senté sobre la arena fría y lavé mi cara con el agua turbia de la orilla. Al pequeño reflejo lunar, pude observar varios moretones en mi cuerpo, rasgaduras y cortes sangrientos infectados. Me hallaba desnudo también.
Lo último que recordaba era aquel viaje en bote entre la espesa niebla trayendo de regreso la tela faltante. Aquella conversación donde mi hermano pregunto al negro pescador si sabía algo de su padre. Era mudo contestó. Mudo como mi padre, como el padre de mi hermano y como el padre de mi otro hermano compartiendo aquella embarcación.
Al pararme el olor se hizo cada vez más intenso. Tenía mucha sed. Bebí del río y definitivamente comprobé que lo podrido no era él, así que comencé a caminar olfateando el rastro de aquel mortal aroma.
Mi padre, su padre y ahora el padre del otro también, jamás comprendió nuestra partida. Él esperaba a un hijo como la representación en vida de su obra de arte. Para él su vida fue el río. Los obstáculos de la vida le impidieron vivir su vida como hubiera deseado. Así que vivió su río a través de aquella tela. Siempre deseó que sus hijos, o al menos uno, viviera al río como él, pero en carne y hueso. Se defraudó completamente al ver como sus dos muchachos marchaban sin ni siquiera intentarlo. Se defraudó en vano. Sin enterarse procreó, a escondidas, a oscuras, aquél hijo que tanto deseaba.
La peste era cada vez mayor al acercarme. Al mismo tiempo que un par de estrellas parecieron iluminarse para mostrarme el panorama, en mi interior las luces se apagaban, los recuerdos terminaban.
Nunca quise defraudar a mi padre. Su muerte solitaria cayó en mi espalda a latigazos. Esa culpa carcomió mi cerebro hasta llevarlo a la locura.
Vestido de traje y corbata allí estaba mi reciente y antiguo hermano. Las dos estrellas mostraron el estomago tajeado. Las moscas revoloteaban sobre el pálido rostro negro.
No solo maté a mi hermano en aquella sombría orilla. Maté también, mi vida de edificio, mis sueños personales. Castigué a mi conciencia a someterse a la más profunda de las oscuridades matándome a mí mismo. De ahora en más viviré la vida de Salvatierra. Viviré su oscura tela. Viviré el río.

*Relato inspirado en la lectura de la novela Salvatierra de Pedro Mairal

domingo, 16 de diciembre de 2012

Reflexión: la página en blanco


“Una nueva página en blanco es un desafío, pero ya no estoy tan desprotegida/o e insegura como cuando abrí la puerta del aula y me encontré con un grupo de desconocidos, unidos a mí por las ganas de aprender a escribir, algunos, otros por la obligación de cursar una materia más. No sabía que trabajando a la par con ellos iba a recuperar el placer de escribir.”

La página en blanco siempre es un desafío, un obstáculo que intento ignorar. Noté que suelo evitarla dado que no escribo sin una motivación que me permita cubrir ese vacío lleno de posibilidades. Porque, en definitiva, esa hoja, mientras continúe blanca, puede convertirse en cualquier cosa.
En lo personal siempre necesito pensar o sentir algo, necesito tener un norte lo más claro posible que me permita empezar a escribir, pero no de cualquier forma. Primero anoto fragmentos con los que construiré una columna vertebral para mi texto, no importa cuán larga sea, pero sí, me es de vital importancia, que cuente con un inicio y un final; o por lo menos con un bosquejo de alguno de ellos, en cuyo caso, tendré que trabajar hasta donde pueda, prescindiendo de la pieza faltante. Luego escribo un borrador rápido, lo cual trae sus consecuencias: errores de tipeo, palabras inventadas y descripciones de sensaciones que quiero reflejar pero que, en la velocidad, no me preocupo por su correcta expresión. Generalmente durante esta etapa, cuando alcanzo una velocidad constante de tipeo, no me detengo por nada; intento no distraerme aunque me llene de culpa saber que hay otra cosa que podría, o incluso debería, estar haciendo. Y esto es porque soy consciente de que si no escribo todo lo que se me cruce por la cabeza, no voy a poder volver a escribirlo tal como lo siento en ese instante; quizá no pueda volver a encontrar el orden dentro de una oración, o simplemente una palabra que, a mi parecer, puede hacer la diferencia en cuanto a lo que se pretende transmitir. Una vez obtenido el borrador, desarrollo el escrito intentando aplicar algún conocimiento teórico y prestando especial atención a las reglas que rompí durante la realización del mismo (reglas ortográficas, tiempos verbales, etc.) Terminado este proceso, obtengo una primera versión de mi trabajo mínimamente presentable. Lo que sea que haya escrito debe reflejar en algún punto mis intenciones primeras, y aclaro “en algún punto” porque la mayoría de las veces, durante el desarrollo, puedo llegar a suprimir ideas enteras, o a ampliar otras que eran sólo una oración, las cuales inesperadamente terminan convirtiéndose en uno o más párrafos. Realizado todo esto ya debería tener un escrito listo para pasar por la última y más larga etapa, el reposo; que es tal sólo para el texto, porque en lo que a mí trabajo concierne, es la fase que más concentración me demanda. Tengo que leer y releer para, por ejemplo, detectar redundancias, suprimir oraciones o convertir un párrafo en dos, porque contiene temáticas muy diferentes.
Desde luego no siempre me maneje en estos términos. Siento que he aprendido a tener en cuenta cosas, que antes ignoraba, y a distinguir otras, que antes realizaba mecánicamente. Pese a mi intento de leer la mayoría de los libros que me parezcan interesantes creo, que de no haber cursado este cuatrimestre, hubiera tardado más tiempo en notar por mi cuenta muchas de las cosas que he aprendido. Sobre todo en lo que respecta a lo vinculado con escribir para los demás, para ser leído. Antes del primer cuatrimestre establecía con la escritura una relación, casi, exclusivamente psicológica, de descarga. Mis primeros textos, aunque nunca explicite mi vinculación con ellos, debo reconocer que eran extremadamente personales. Desde luego, teniendo esto en cuenta, el contacto con los textos de los compañeros de cátedra, actuales y pasados, no me resultó sencillo. Es decir, uno sabe que no es el único que escribe, pero encontrarse (tener que obligatoriamente encontrarse) de frente con otros textos tan buenos es una experiencia muy especial. Algunos trabajos del blog de la cátedra ponen la vara a una altura considerable. Resulta difícil, antes y después de la cursada, no recoger los guantes de la desprotección y la inseguridad frente a esos trabajos. De hecho, aún ahora, creo que esos guantes me quedan bien. Debe ser porque, pese a contar con una mayor cantidad de recursos para escribir, siento una cuota de responsabilidad, de la que tengo que hacerme cargo y antes ignoraba. Pero no siempre es invierno para andar usando guantes, en verano también puede hacer frío, y parte del aprendizaje es volver al mismo punto de partida, sentarse nuevamente frente a esa hoja en blanco desde una nueva perspectiva, en el mejor de los casos, desde una instancia superadora.
La inseguridad es pasajera, y en mi caso, la asocio principalmente al momento de la búsqueda de esas ideas que algunos llaman inspiración; porque, superada esa etapa, el resto del proceso de escritura me resulta placentero. No suelo presionarme para escribir, pero cuando existen fechas de entrega, el tiempo pasa y todavía no pensé en algo que me provoque empezar, puedo llegar a ponerme realmente nervioso e indeciso.
En conclusión, sé que si no me quito los guantes de la inseguridad no puedo hacer libremente con las manos, las cosas pareciesen resbalarse fácilmente de mis dedos hasta el suelo. Sin embargo, inevitablemente en algún momento, la inseguridad vuelve a ser un par guantes en el suelo. Mi problema es que esas prendas se aprovechan de mis distracciones para escabullirse y volver a posarse sobre mí, dejándome sin aliento ni la posibilidad de preguntarme: ¿Cuándo fue que se me volvieron a trepar?
En esos momentos de nerviosismo, es cuando debo devolverlos al suelo sacudiendo mis manos para poder buscar ideas, conseguir pensar en algo que no sean guantes, y así empezar un nuevo texto. Aunque sería un hipócrita si dijera que siempre consigo librarme de esa inseguridad. En ciertas ocasiones efectivamente consigo superar esa sensación, pero también puedo mandar a “reposar” un texto a un rincón húmedo hasta nuevo aviso, escribir hojas enteras sin darme cuenta, o dedicarme a ver pasar el tiempo, deseando que la búsqueda de ideas no se prolongue demasiado. Porque las horas no esperan por nadie, y la hoja que no está escrita continúa siendo sólo eso, una hoja en blanco.

Haga patria, que no se le revele la señora


Aproximadamente hace diez minutos me encontraba en el club del barrio con los muchachos, charlando sobre fútbol y pensando cómo hacer para que Luis se levante a la hija de Cacho, el dueño del club. Estábamos a punto de decidir cuál era el piropo más ganador para que le haga temblar las patas y caiga rendida en los brazos de nuestro amigo, pero en plena deliberación nos vimos interrumpidos por una ola de gritos provenientes de la calle. Pospusimos el voto para ver qué era lo que estaba pasando, asomamos la cabeza por el portón y vimos una banda de yeguas cortando la calle. Pedían por no sé qué derecho que no tenían por ser minas, en fin, una huevada.
Anda a lavar los platos. Le grité a una. Rajá de acá borracho infeliz, me contestó. Me ofendí y entramos con los muchachos a las puteadas devuelta para el club.
Cuando alguien se esfuerza por una causa justa y razonable suelo apoyarlo. Pero a veces surgen esos grupos, que por lo visto no tenían nada mejor que hacer, y se dedican a instalar debates innecesarios en la sociedad, sobre cuestiones que ya están resueltas ancestralmente y no precisan cambios. Por esta sencilla razón no logro entender a las feministas.
Feminista, palabra complicada, rara, ¿quién se anima a decir soy feminista? Es por eso que son un grupo reducido, sin peso y enteramente compuesto de mujeres. Pasando en limpio, podemos describirlas como un grupo de mujeres de diversas edades, amantes del aborto, que no consideran la prostitución como un trabajo digno, tienen como principal enemigo al hombre y no reconocen a la cocina como su hábitat natural. Las principales causas del origen de esta especie radican en el matrimonio, en simples y corrientes sucesos como: la infidelidad y la violencia tanto verbal como física. Resumiendo, es una cuestión de debilidad, todos sabemos que una verdadera mujer es capaz de tolerar  esto y más.
Mientras repasaba todo esto en mi cabeza, Luisito, invitó a un hotel a la hija de Cacho para pasar la noche, y la mañana si le daban las gambas. Así, seco. No es la opción que había votado yo, pero tampoco me disgustaba. La piba se negó, le dijo “desubicado”. “Si sos más fácil que la tabla del uno”, le gritamos desde la mesa. La piba se puso a llorar. Nosotros nos cagamos de risa y pedimos otra birra.
Volviendo a las feministas, no debemos dejar que nos laven la cabeza con sus ideas locas, eso es lo que quieren ellas, que caigamos en la trampa. Debemos refrescar nuestra imagen de las mujeres recurriendo constantemente a nuestro mejor amigo, la fuente de la verdad: el televisor. Con solo ver cinco minutos de publicidades podemos afirmar que no existe la mujer luchadora, solo es un mito. La verdadera mujer cocina para la familia, limpia la casa, cura a los hijos cuando se lastiman y los lleva a la escuela. Hace la prueba de la blancura con los calzoncillos del esposo laburador, va al mercado los días que hay descuento. Se queja cuando le viene la regla y se alegra cuando le regalas un paquete de toallitas, sus mejores amigas. Y esto va para los muchachos, una mina con todas las letras no te pide flores ni que la lleves a comer. Esa es una idea equivocada que instalaron las propias mujeres para confundirnos, pero no somos ningunos tontos, se sabe que se bajan los pantalones por un desodorante o  una cerveza fría.
 Luis volvió para la mesa haciéndose el enojado, pero la situación fue más grande que él, y soltó una carcajada. Dijo que las cosas no iban a quedar así, hoy pensaba agarrar el auto a la noche y salir de levante. El viejo truco del auto, ninguna piba se lo resiste, con tal de que las lleven hacen cualquier cosa, entre los hombres el que no corre, vuela. Luis es casado, tiene dos pibes chicos, por eso lo advertimos. Le dijimos que no pague un telo muy caro, que no gaste mucha nafta, que deje algo de guita en la casa. Los hombres también tenemos que hacer autocrítica, cuando una mujer se vuelve feminista es porque la dejaste de mantener, porque no se pudo comprar más corpiños e ir a la peluquería cada tres horas. Pero sabemos que nuestro amigo es terco e iba a reventar la billetera en una noche. Hicimos una vaquita y le dimos para que le dé unos mangos a la señora. No íbamos a contribuir a que sigan creciendo las yeguas rompe pelotas.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Los libros y las personas


Había decidido empezar a leer una novela. Así que tomé el libro de la biblioteca, abrí la tapa y ahí estábamos. Ella, una hoja en blanco, tímida e impune de tinta; yo, un hombre más, igualmente tímido, y con una mano automática lista para dar esas caricias al olvido. Acaricie por vez primera, otra hoja menos tímida dijo: “Oliver Twist”. Volví a acariciar, la nueva página insistió con mayor énfasis: “Charles Dickens - Oliver Twist”. Al parecer había sido bautizada, tenía nombre y apellido, la novela era así y no de otra manera para iniciar el contacto presentándose ante el mundo, o, en este caso, ante un extraño hombre más. Regresé a la hoja en blanco, buscando comprender un poco más a la novela, pero nada había cambiado. Tímida e impune de tinta, un origen silencioso, génesis de nombres y apellidos que incomprensiblemente aparecen, sólo por cuestiones de nomenclatura, porque nos molesta llamarlos enigma.
¿De dónde vino la novela? Seguramente provino de las manos de Dickens, pero como no soy un historiador, escapa a mi conocimiento la existencia de una nota, entre formal, como un documento firmado, y muy improvisada, como un papel arrancado con las manos; o quizás, un pacto implícito, inconsciente, entre un autor y su editor, entre Dickens y sus lectores, entre los libros y las personas. Un mensaje sordo en un código comprendido por todos nosotros: “dejar esta hoja en blanco, por favor, la primera en blanco…”
No voy a ponerme crítico literario, ni a reproducir la cara de sorpresa resignada que puse, cuando me di cuenta de que los libros también son como las personas. Humanidad y libros, ambos con un origen incierto, una hoja en blanco que no nos dice de dónde venimos. Personas y libros vinculadas por dos lazos, uno histórico e intelectual según el cual los libros son la materialización del conocimiento propiamente humano; y otro lazo oculto, de hojas en blanco según el cual los libros también son como las personas. Oculto, no invisible, vestido con el imperceptible manto que suele esconder a las cosas que parecieran estar en su lugar, estáticamente nerviosas, a punto de ser descubiertas.
El lazo intelectual encuentra su explicación académica en la humanidad como creadora de escritura, y más tarde, de libros. Louis-Jean Calvet, en el Posfacio de su “Historia de la escritura”, señala una serie de instancias comunes en el camino hacia el alfabeto, como manifestación de un estado de la escritura alcanzado por las personas: de pictogramas a valores fonéticos, que evolucionan en una escritura silábica y, por acrofonía, hacia el alfabeto.
En un principio limitamos la escritura a funciones sociales primordiales, a saberes prácticos: la contabilidad, la difusión de leyes, la memoria de los muertos. Recién a partir de mediados del siglo XV, gracias a la invención de la imprenta moderna, comenzaron a aparecer en libros los títulos que, aún hoy, continúan disponibles en los aparadores de las librerías. Construcciones abstraídas hacia la literatura o el orden de las ideas: obras literarias acerca de hospicios y la población más degradada de Londres, u obras del pensamiento de históricos intelectuales.
Desde el momento en que los libros empezaron a ser vistos como contenedores de literatura, filosofía, historia, en definitiva, de cultura en el sentido del ámbito de las artes y la intelectualidad–, se identificó a lector y escritor como hombres necesariamente cultos o dueños de cierto grado de sabiduría o creatividad. Este primer lazo, vinculado específicamente con esta idea de cultura, contribuyó a la idea del libro cómo instrumento: abstraído del sujeto, contenedor del conocimiento, materializado en un bloque de hojas de un particular atractivo.
Hoy en día, texturas, ilustraciones, tapas blandas y duras nos interpelan desde el sentido común: “Los libros van en la biblioteca, son movibles y caben en las palmas de ambas manos por si te place llevarlos contigo a otro lugar”. Con el único fin de impedir que nos concentremos en el segundo lazo, el oculto y no invisible, según el cual los libros además de libros–, también son como las personas: de un origen incierto, de páginas blancas, de arbitrarios nombres y apellidos que empiezan a vivir, a escribir y ser escritos.

El parecido supera la impresión de que los libros son personas en tanto la historia de sus personajes, a saber: en tanto que Dante recorra infierno, purgatorio y paraíso, o que Alonso Quijano se comporte como “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Supera la identificación que las personas puedan sentir respecto de algunos libros, eso que nos hace preferir “Rayuela” de Julio Cortázar y justificarnos diciendo: “Por París. Por sus puentes. Los no encuentros de Oliveira y la Maga. Por Rocamadour. Los mates, la patafísica. Por el paraguas rojo del parque y las tizas que escriben en el suelo”. Todo como si hubiésemos formado parte de los acontecimientos, nacido en el capítulo 1 y finalizado en el 56 –o en el 73 y el 131 respectivamente, porque “Rayuela” así lo permite–. Esto es: transcurrir nosotros mismos, crecer, desarrollarnos, vivir, hasta donde las páginas nos lo permitan.
Un final de libro donde también se han desperdigado otras menores coincidencias superficiales: un índice, como la agónica recopilación de momentos que, en forma de un sueño, podría por última vez iluminar los ojos de un hombre desahuciado; o una reseña en la contratapa, como la materialización de la piedra escrita usada para separarnos de la existencia terrenal, generalmente escrita con palabras amables, quizá no del todo ciertas por el recorte y su necesaria brevedad, pero que, definitivamente, reflejan un modo en que posiblemente alguien pudiese recordarnos.
Estas coincidencias son superficiales y menores, no por sí mismas, sino por la comparación con otra más importante. En el final, entre novela y contratapa, un salto vacío, una segunda hoja en blanco, la última hoja. Tan enigmática, que no nos remite a nada que no sea la primera, tímida e impune de tinta. ¿Serán el espacio donde deberíamos responder nosotros, en lugar de preguntarnos por qué están en blanco? Acaso demuestran el retorno de lo reprimido, aquello que desconocemos y nos permite vivir como vivimos: ¿De dónde venimos y a dónde vamos? Preguntas sin responder u hojas en blanco sin escribir, no lo sé.
Están quienes las usan para dedicar los libros: palabras de amor, aprecio, mensajes y firmas no de hombres más, sino de personas especiales. Otros más detallistas llevan en ellas la cuenta de sus notas de lectura. Los más despistados piensan que están por protección, porque aún no se han preguntado cuánto es lo que en realidad puede proteger un escudo hecho de fibra de papel. También es posible encontrar algunos que se hacen los sordos, o todavía no escuchan, porque aún no tomaron el libro de la biblioteca, y abrieron la tapa con el detenimiento suficiente para mirar de frente a estos espejos vacíos que, capaces de recordarnos lo desconocido, lo más importante nos lo dicen sin hablar: “dejar esta hoja en blanco, por favor, la primera en blanco…. y no se lo olvide, porque es igual para ustedes, la última hoja va en blanco también.”
Sin embargo, más allá de todo esto, los libros más reservados, los que no muestran hojas en blanco porque no las tienen, también aguardan en los estantes su turno para ser leídos; y, pese a su carencia, son igualmente apilados en librerías, acomodados en habitaciones y expuestos en despachos, junto a los que sí. Esos que quizá se dieron cuenta de que las hojas en blanco no cumplen una función específica, pero que, de igual manera, han decidido mantenerlas vivas, latentes: una al comienzo y otra al final.